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Populismo y clientelismo en tiempo del PRM

por Daniel Cruz

junio 4, 2026
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​El populismo y el clientelismo no son males necesarios. Por el contrario, son lacras que corroen y dañan a la sociedad en la que operan hasta dejarla inservible.

​Un elemento distintivo del gobernante populista es que se presenta como un redentor del pueblo que prescinde de la mediación de las instituciones, a las que suele percibir como estorbos burocráticos para el cumplimiento de la voluntad general. En el estilo del líder populista es una constante recurrir a la identidad nacional, a la soberanía y a la retórica de la emergencia continua. En el populismo se moviliza a las masas bajo una bandera nacional y se aspira a que cada ciudadano se sienta deudor del gobernante.

​El clientelismo, en cambio, es una práctica transaccional personalizada en la que se organiza a los individuos bajo una lógica de subsistencia mutua. Este fenómeno requiere la existencia de un patrón (el gobernante) que dispone de recursos públicos e influencia, y de un cliente que se encuentra en situación de vulnerabilidad.

​La República Dominicana no ha sido ajena a ambas prácticas; de ahí surge el Estado asistencialista que hoy tenemos. En diferentes etapas de nuestra historia republicana hemos padecido ambos males, con un mayor acento en uno u otro según la época.

​Ya sea con el propósito de conservar la popularidad —por lo menos en niveles que permitan la permanencia en el poder—, para atender a las demandas de una base partidaria que exige «su cuota» o por el interés de beneficiar a su propio sector social, el populismo y el clientelismo se han vuelto consustanciales a la gestión del Partido Revolucionario Moderno (PRM). Así lo demuestran las acciones que, de manera recurrente, adopta el gobierno perremeísta. Ejemplo de esto es la proliferación de bonos navideños, bonos para las madres y cualquier otro subsidio apropiado para captar votos en las elecciones.

​No se critica aquí la solidaridad del Estado con los más necesitados; lo que se censura es que estas acciones no formen parte de una política estructural de superación de la pobreza, y que el beneficio se perciba no como un derecho ciudadano garantizado por el Estado, sino como una dádiva producto del «buen corazón» del gobernante. Con ello, se estimula la dependencia y la fidelidad electoral. ​

Otro ejemplo de populismo lo encontramos en los encuentros con la prensa denominados «La Semanal». Con estos se ha procurado fortalecer el relato de la sensibilidad del presidente Luis Abinader. Mediante esta acción, la gestión de los problemas públicos se trasladó directamente al mandatario, lo que refuerza la idea populista de que las soluciones dependen exclusivamente de la voluntad presidencial y no de la planificación de los ministerios y direcciones del gobierno. Asimismo, la cantidad excesiva de subsidios a diferentes sectores —algunos de los cuales se establecieron de manera provisional— constituye otra muestra del populismo de la actual gestión.

​Respecto al clientelismo, el mayor ejemplo —y en esto el gobierno perremeísta ha establecido una marca— se observa en la elevada cantidad de pensiones otorgadas a personas sin los méritos laborales para merecerlas y, en muchos casos, sin necesidad económica. A diferencia de las denominadas «botellas» (puestos nominales sin funciones reales), que un cambio de gobierno o de funcionarios podía eliminar, estas pensiones se convierten en «botellas vitalicias».

​Los efectos

​Uno de los efectos más peligrosos del populismo es que lesiona la confianza y el clima de inversión nacional e internacional. ¿Por qué? Porque si algo precisa el inversionista es seguridad jurídica, lo que significa, entre otras cosas, previsibilidad. Cuando un gobierno como el de Luis Abinader sobrepone sus decisiones al dictado de las encuestas, los likes y los aplausos inmediatos, la seguridad jurídica se erosiona y se sabotea.

​Otra consecuencia nefasta del populismo recae sobre la sostenibilidad fiscal. Esta se ve afectada debido a que el presidente populista prioriza el gasto corriente en detrimento de la inversión en infraestructura.

​De lo expuesto se deduce que el gobierno perremeísta es un cáncer que aún no duele, pero que con el tiempo terminará matando al paciente: el pueblo dominicano. Por lo tanto, lo mejor para todos es extirparlo a tiempo.

3 de junio de 2026

#Populismo #Gobierno #Clientelismo #Gobernante #Perremeista

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