Mientras esta Semana Santa llegaba a su fin entre palmas benditas y carreteras convertidas en testigos de tapones interminables y accidentes —con sus cifras de fallecidos puntualmente maquilladas a la baja, como manda la tradición del último lustro— el mundo seguía su marcha hacia el abismo con una prisa que ya no sorprende a nadie.
Se cumplen hoy 37 días de la llamada Operación Furia Épica, el nombre con el que Washington y Tel Aviv bautizaron el ataque sorpresa sobre Irán aquel 28 de febrero. El balance es desolador: más de 1.900 muertos según la Media Luna Roja, columnas de humo negro asfixiando Teherán e Isfahán, y el Estrecho de Ormuz convertido en un cementerio de barcos. Trump, fiel a su histrionismo, amenaza con ‘desatar el infierno’ en 48 horas si no se libera la navegación, mientras Macron, desde Seúl, lanza un reproche que resuena en toda la OTAN: nadie fue consultado antes de iniciar esta aventura. La Primera Guerra Mundial Híbrida avanza así, a golpe de tuit y de proyectil, bajo la lógica de siempre: la de un poder que tiene el dedo en el gatillo, el cerebro en las encuestas y la conciencia bajo el amparo de un sello gomígrafo.
Pero cerremos los ojos al incendio global por un momento. Volvamos a nuestros dos tercios de isla, donde el dominicano de a pie tiene bastante con el fuego propio.
Justo hoy, mientras 236 familias esperan que la audiencia preliminar del caso Jet Set —aplazada, como de costumbre, con la puntualidad inversa de un reloj roto— produzca por fin alguna respuesta judicial que merezca ese nombre, otra noticia cayó sobre la conciencia ciudadana como una cubeta de agua fría: el arresto en flagrante delito del fiscal Aurelio Valdez Alcántara, adscrito a la PEPCA, sorprendido recibiendo 10.000 dólares en efectivo de una persona bajo investigación.
Hasta aquí, la versión oficial. Pero entonces comienzan las preguntas que no tienen respuesta cómoda.
Valdez Alcántara participó activamente en la Operación Medusa, en el Caso Los Tres Brazos, en investigaciones del Ministerio de Agricultura, y en la medida de coerción contra Santiago Hazim, exdirector del Seguro Nacional de Salud. Y resulta que quien le entregó el soborno fue precisamente Roberto Canaán, exgerente de Senasa y testigo clave en el caso de corrupción contra ese organismo estatal, cuyo fraude se declara en unos 15 mil millones de pesos, cifra que hasta los más ingenuos consideran generosamente conservadora.
¿Pura coincidencia? ¿O acaso el azar tiene en República Dominicana una creatividad narrativa que daría envidia a cualquier novelista? ¿Cuánto vale, en el mercado de las conveniencias, que un testigo quede descreditado justo cuando su testimonio resulta más incómodo? ¿Es posible que alguien haya calculado que un fiscal comprometido arrastra consigo, como ancla al fondo, los casos que tocó? ¿Y a quién, exactamente, le conviene que el expediente Senasa —con Hazim en el centro— se tambalee en este preciso momento?
Estando tan lejos del terruño adorado no podemos afirmar nada, simplemente preguntamos. Que para eso sirve, todavía, el pensamiento crítico.
Séneca lo escribió hace dos mil años con la serenidad de quien ya no espera nada del poder: “Nusquam est qui ubique est” —quien está en todas partes, no está en ninguna. La justicia dominicana parece haber tomado ese aforismo como manual de operaciones: presente en el espectáculo, ausente en la sustancia.
Y así llegamos al fondo de todo. Al único tribunal que no aplaza, no negocia, no acepta ni Roleta ni Mercedes-Benz como pago anticipado. La muerte. Ese juez sordo e imparcial que Sócrates enfrentó con más dignidad que la mayoría de los vivos, y que el Eclesiastés describió sin eufemismos: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”. Los fallecidos del Jet Set (236 según las cifras oficiales) ya pasaron por ese tribunal. Los huérfanos que dejaron esperan, en cambio, el otro: el humano, el imperfecto, el que se retrasa, el que se compra, el que mira hacia otro lado.
Que al final de los días —de los nuestros, de los de cada quien— lo único que habrá importado no será cuántos aplazamientos se concedieron ni cuántos miles de dólares cambiaron de mano en el parqueo de un mall. Será, simplemente, qué hicimos con el tiempo que se nos dio. Y si fuimos capaces, al menos una vez, de llamar a las cosas por su nombre.
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