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 Lo que nos enseñó Afganistán: el imperialismo no ha cambiado, solo su disfraz

por Iscander Santana 

febrero 24, 2026
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En diciembre de 1979, la Unión Soviética invadió Afganistán. Lo hizo tras asesinar al líder local e instalar a un títere prorruso, todo bajo el eufemismo de «ayuda fraternal». Occidente lo condenó como violación flagrante de la soberanía. Hoy, cuarenta y siete años después, Estados Unidos actúa con la misma lógica, solo que con mejor marketing.

La supuesta «segunda Guerra Fría» no es un duelo de ideologías sino una competencia por el control de recursos, rutas comerciales y regímenes sumisos. Y en ese juego, Washington sigue aplicando la vieja fórmula: intervenir donde le conviene mientras predica no intervención cuando otros hacen lo mismo.

 Venezuela: cuando el petróleo habla más fuerte que la democracia

Desde 2019, Estados Unidos ha impuesto sanciones paralizantes contra Venezuela, congelado activos estatales por miles de millones de dólares y reconocido a Juan Guaidó como presidente sin que hubiera ganado elecciones presidenciales. En enero de 2026, fuerzas estadounidenses ejecutaron el secuestro de Nicolás Maduro en Caracas, extrayéndolo del país sin proceso de extradición formal. El presidente Donald Trump fue brutalmente honesto sobre el objetivo: «vamos a tomar el control de las enormes reservas de petróleo».

No se trata de defender la democracia sino de controlar las mayores reservas de crudo del planeta, 300,000 millones de barriles, y expulsar la influencia de Rusia y China del hemisferio. Mientras tanto, Moscú y Pekín se presentan como defensores de la soberanía venezolana, aunque también buscan oro, litio y una base antiestadounidense en América Latina. Todos mienten, pero solo uno tiene el poder de imponer su mentira como norma global y llamarla «orden internacional basado en reglas».

 

 Groenlandia: cuando los territorios son activos, no pueblos

En 2019, Trump propuso comprar Groenlandia como si fuera una propiedad inmobiliaria. La idea fue ridiculizada internacionalmente, pero reveló una verdad incómoda: para Washington, los territorios periféricos existen para ser utilizados estratégicamente, no para ejercer autodeterminación. Hoy Estados Unidos refuerza su base militar en Thule, vigila cada intento chino de invertir en minería de tierras raras y presiona a Dinamarca para que excluya a competidores geopolíticos.

El Ártico se está convirtiendo en el próximo gran escenario de competencia global. El deshielo abre nuevas rutas marítimas y acceso a recursos energéticos masivos. Groenlandia, con su posición estratégica y minerales críticos para tecnología verde, es una pieza clave. Pero ¿Dónde queda el respeto a la autodeterminación de los groenlandeses? 

Solo aplica cuando el pueblo elige lo que Washington quiere. Si eligen cooperar con China, la autodeterminación se convierte en «amenaza a la seguridad».

 Afganistán y la lección que nadie aprende

Lo irónico es que Estados Unidos condenó a la URSS por hacer en Afganistán exactamente lo que hace hoy en Venezuela o proyecta en Groenlandia: usar la retórica de la defensa para justificar la dominación. La diferencia no es moral sino de eficacia narrativa. Mientras los soviéticos hablaban de «revolución proletaria», los estadounidenses hablan de «valores democráticos». Pero ambos reducen a los países del Sur Global a peones en su tablero geopolítico.

La invasión soviética de Afganistán duró una década, costó más de un millón de vidas afganas y terminó en humillante retirada en 1989. Dos años después, la URSS colapsó. La ocupación estadounidense de Afganistán duró veinte años, de 2001 a 2021, costó cientos de miles de vidas y terminó con los talibanes de vuelta en el poder. Ambos imperios fracasaron porque ningún pueblo acepta indefinidamente ser gobernado por fuerzas extranjeras, sin importar cuán noble sea el discurso de liberación.

 La hipocresía que debilita el derecho internacional

Peor aún, esta doble moral sistemática debilita el orden internacional que Estados Unidos proclama defender. Si Washington puede desconocer gobiernos legítimos mediante reconocimiento selectivo, bloquear economías enteras causando hambre documentada en poblaciones civiles, secuestrar jefes de Estado sin extradición o amenazar con comprar territorios soberanos, ¿por qué no podrían Rusia o China hacer lo mismo?

El orden liberal internacional no se sostiene con principios universales sino con privilegios para las potencias victoriosas de 1945. Cuando Estados Unidos viola soberanía venezolana, se llama «operación antinarcóticos». Cuando Rusia invade Ucrania, se llama «agresión imperialista». Ambos son violaciones del derecho internacional, pero solo uno recibe condena unánime de instituciones que Washington controla.

 La caída que nadie ve venir

Afganistán nos enseñó que ningún imperio admite sus propios crímenes hasta que es demasiado tarde. La URSS cayó no solo por su economía estancada sino por la contradicción insostenible entre su discurso de liberación de pueblos oprimidos y su práctica de ocupación militar de esos mismos pueblos. Hoy, Estados Unidos camina la misma senda: predica democracia mientras financia dictaduras útiles como Arabia Saudita, exige soberanía para sí y la niega sistemáticamente a otros.

En un mundo cada vez más multipolar, esa doble moral ya no convence a nadie fuera de Occidente. El Sur Global observa cómo Washington secuestra presidentes, impone bloqueos que matan civiles y amenaza con apropiarse de territorios, mientras condena a otros por hacer versiones menos extremas de lo mismo. La credibilidad estadounidense como garante del orden internacional se erosiona con cada intervención justificada mediante excepcionalismo.

Mientras Washington insista en tratar a Venezuela como amenaza existencial y a Groenlandia como activo estratégico en lugar de territorio con población que merece autodeterminación, seguirá alimentando las mismas resistencias que ayudaron a hundir a la URSS. Porque al final, el imperialismo siempre se parece a sí mismo, solo cambia el uniforme y perfecciona la propaganda. La historia no se repite exactamente, pero rima con precisión inquietante.

Zúrich, Suiza

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