Soy un fanático del deporte, de todos, pero de manera especial de los individuales, en los que cada hombre o mujer compite en solitario contra los demás. Por esa razón me fascinan las olimpíadas. La reunión de varios miles de atletas siempre es la ocasión propicia para el desarrollo de gestos honorables, de grandes valores éticos, como el de dos japoneses a los que se les hizo tan tarde superando uno la altura lograda por el otro en salto con garrocha que se tuvo que poner fin a la competencia por falta de condiciones para continuarla. Ambos lograron la misma altura, pero se declaró ganador al primero en alcanzarla. Parece que era lo que establecía el reglamento. Ambos llegaron a su país, donde se les recibió como se recibe a los triunfadores que han puesto su bandera en lo más alto. Días después, de común acuerdo, los atletas hicieron algo increíble, que le dio una lección al comité olímpico. Decidieron fundir ambas medallas y luego hacer dos, cada una con una mitad de oro y la otra de plata.
Otro caso enaltecedor lo tenemos en dos atletas negros que decidieron en las olimpíadas de 1968 levantar una mano enguantada después de recibir las medallas, de oro uno y el otro no preciso ahora si de plata o de bronce. Los guantes eran de color negro y el gesto, que estaba prohibido, fue en solidaridad con las luchas que libraba su gente en Estados Unidos por derechos civiles. Esos dos atletas sabían lo que les pasaría. Fueron expulsados de la federación de atletismo de su país y tratados como parias que no tenían derecho ni a trabajar. Murieron en pobreza extrema.
Sí, es cierto lo que usted, amable lector, está pensando. Hay también deportistas que cometen hechos bochornosos como el de hacer parte de la carrera maratón montados en algún vehículo o no hacerla completa tomando algún atajo.
El dilema entre la honestidad y la deshonestidad se nos presenta en los técnicos de los oficios que solicitamos en cualquier taller, en las profesiones y de manera especial en la política, no porque en esta última haya más deshonestos sino porque es una actividad pública en la que sus actores están expuestos al país. Un abogado, por ejemplo, desarrolla sus actividades en una oficina, entre él y su cliente y quizás algunos relacionados de uno o de ambos; un médico, también entre él y su paciente, y así acontece con el ebanista, el mecánico, el herrero…
Pero dejemos el asunto de este tamaño porque nos alejaríamos del propósito de este comentario, que es el de servir de presentación al que considero la mejor demostración de ética en una olimpíada.
24 de noviembre de 2023.

!! SENCILLAMENTE EXCELENTE ARTÍCULO!! Gracias a Daniel de la Cruz por tan acertado y oportuno artículo.