Igualmente en esos mismos relatos dedicados a su hija Clemencia y escritos en Honduras, en 1881, al recordar algunos pasajes de la guerra de 1868 a 1878 y su familia, escribió lo siguiente:
Un lazo más vino a unirme fuertemente a la causa de Cuba que desde entonces consideré como mía. Conocí a tu madre, la amé, y segura ella de la sinceridad de mi afecto, me amó también y bien pronto nos unimos.
Desde entonces fui más feliz, con la esperanza de que tendría una segunda patria si el triunfo era seguro, como debía esperarse; pero ¡ay! El destino otra cosa nos tenía reservado(…) Diez años de constantes combates y llenos de miles y miles de peripecias horribles y sangrientas, duró la guerra, y allí, en medio de tantos peligros y zozobras, viste tú la luz: allí en los campos libres de Cuba, naciste bajo el humo de las batallas. La estrella solitaria alumbró tu cuna.
Tu madre jamás quiso abandonarme y me seguía a todas partes. ¡Cuánto no pasaría! (…) Nada es comparable con el amor de una madre.
El amor patriótico y el amor filial de Gómez
Y así como corroboran estos escritos suyos vamos a ver durante toda la vida del general Máximo Gómez al patriota íntegro y leal a la causa independentista de nuestra Patria inseparablemente unida a su amor y dedicación a su esposa cubana, Bernarda Toro y a sus hijos surgidos de dicha unión y de otras relaciones anteriores en República Dominicana, así como a su padre, madre, hermanas y demás familiares y amigos.
Ya en la emigración durante la segunda guerra de independencia cubana y denominada Guerra Chiquita (1879- 1880) no participó por considerarla prematura y por lo tanto sin posibilidad de éxito como así le manifestó en su momento al general Calixto García, principal jefe de dicha contienda bélica.
Luego al llamado de la emigración revolucionaria cubana en los Estados Unidos encabezó junto al general Antonio Maceo un nuevo movimiento independentista, conocido como “Plan Gómez Maceo” y que se desarrolló desde agosto de 1884 hasta septiembre de 1886 cuando el propio general Gómez lo dio por finalizado al no haber podido enviar ninguna expedición armada a Cuba en dicho período.
Gómez le escribe a su hija Ignacia
Es en esa década de 1880 cuando visita nuevamente su tierra dominicana luego de tantos avatares y vicisitudes e incluso sufre prisión injusta en su propio país, se encuentra con algunos familiares y amigos que había dejado antes de su partida a Cuba por primera vez, sobre todo con su hija Ignacia Gómez y Castillo a quien no veía desde que tenía meses de nacida y ahora pasaba de los 20 años. Veamos algunos fragmentos de cartas que le escribió a dicha hija, fruto de sus primeros amores y a quien quiere recuperar luego de tan larga separación sin haberla podido atender personalmente como hubiera deseado:
No me gusta retratarme, pero solo por ti voy a hacerlo y mandártelo en la próxima ocasión. Espero que tú harás lo mismo (…) No quiero que me trates de Ud. sino de tú, pues me parece que con el Ud. no me quieres. (Nueva Orleans, 17 de noviembre de 1884)
Mi queridísima hija mía: Ayer, o digo hace cuatro o cinco días te escribí. Hoy lo hago otra vez, remitiéndote dos ejemplares de una novelita (se refiere a “Cecilia Valdés”, novela del cubano Cirilo Villaverde) que creo te agradará leer; por ella, es pues, puramente histórica, conocerás algo, quizás mucho, de la historia del país a que me encuentro ligado.
Te mando dos libros, uno para que lo conserves como un recuerdo mío, y el otro para que lo dediques a alguna amiga, predilecta tuya o a quien quieras” (Nueva Orleans, 21 noviembre de 1884)
Mi adorada Ignacita: Te mando 50 pesos para que te compres lo que te haga falta para tu traje de retrato pues quiero que te pongas bien bonita. No tengas temor de gastar en tus caprichos de tocador que tengo que darte más tan pronto realice unas letras que traje. Te quiere tu papá. (Santo Domingo, 1885).
Mi querida Ignacia: Tengo la atrevida seguridad de sin saber cómo te fue en el baile felicitarte por lo bien que habrás pasado la noche, pues para corazones como el tuyo no han debido ser creadas las decepciones ni los desengaños que son los peores enemigos en un salón de baile. Has debido pasar una noche cual la mariposa que revolotea en el jardín alrededor de las flores y al son de la música del céfiro. (Santo Domingo, 1885).
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