Descubrí la cuestión del Sáhara en 2024 durante mi Máster en Relaciones Internacionales en Madrid, en las aulas de Sistemas Políticos Comparados. Desde entonces, la vivencia directa y la cercanía geográfica me empujaron a profundizar en una realidad geopolítica que antes me resultaba ajena, pero cuyos patrones resultan hoy ineludibles.
El precedente que se repite
En noviembre de 1975, con el dictador Francisco Franco agonizante, Hassan II lanzó la Marcha Verde: 350 000 civiles marroquíes cruzaron hacia el Sáhara Occidental, entonces provincia española. Juan de Borbón, conde de Barcelona y padre del futuro rey Juan Carlos I, pidió en vano al monarca magrebí que frenara la marcha. Hassan II no cedió: aceleró. Medio siglo después, España volvió a comprobar que Marruecos no necesita tanques para forzar una cesión: le basta con soltar la mano en la frontera.
Un patrón, no un accidente
El desembarco en el islote de Perejil (2002), la crisis por el ingreso hospitalario bajo falso nombre del líder del Frente Polisario, Brahim Ghali (2021), y el desbordamiento de Ceuta en 2026 responden a un mismo guion. Cada vez que España roza un desacuerdo con Rabat, la vigilancia fronteriza marroquí se relaja. No es azar; es su mecanismo de presión más eficaz.
El 30 de julio de 2026 llevó este chantaje al cénit del cinismo: la frontera cayó mientras el ministro del Interior español, Fernando Grande-Marlaska, asistía impertérrito a la recepción de la Embajada marroquí en Madrid por el 27º aniversario de la coronación de Mohamed VI.
La hipoteca de Pegasus y el proyecto alauí
Existe además una sombra institucional. Los teléfonos del presidente Pedro Sánchez y de Marlaska fueron infectados con el software de espionaje israelí Pegasus. Meses después, España rompió décadas de neutralidad para respaldar el plan de autonomía marroquí sobre el Sáhara Occidental. Nadie ha explicado semejante giro con un argumento más sólido que la sospecha de que Rabat custodia información comprometedora de Moncloa.
Tras el caos en Ceuta, Rabat optó por un silencio calculado
No es neutralidad: responde al proyecto irredentista del «Gran Marruecos» —que reclama Ceuta, Melilla y Canarias—, una agenda expansionista para afianzar la dinastía alauí y consolidar el legado territorial del príncipe heredero Mulay Hasán, futuro Hasán III.
Logística, no desesperación
Entre quienes cruzaron había familias buscando un futuro mejor, pero el retorno voluntario y casi inmediato de la inmensa mayoría delata coordinación y uso político, no una estampida espontánea.
El coste humano de esta guerra híbrida fue devastador: se habla de un centenar de fallecidos en el lado español y una cifra similar en el marroquí. Circulan además rumores sobre apuñalamientos entre migrantes que, sin verificación oficial, deben consignarse como tales. Lo incontrovertible es que miles de personas fueron usadas como cabezas de turco en un tablero geopolítico.
El aliado que corona el gesto
Mientras España contabilizaba los muertos en la costa, Mohamed VI escenificaba su sintonía con Washington bautizando como “President Donald J. Trump” una autopista de mil kilómetros en el Sáhara Occidental. La Casa Blanca no afeó la actitud de Marruecos; responsabilizó a las políticas del Gobierno español de provocar un «efecto llamada». Mientras Rabat se congracia con EE. UU., Moncloa evidencia su aislamiento tras sus acercamientos a China o Palestina y sus desencuentros en la OTAN.
Frente a una agenda expansionista a largo plazo respaldada por alianzas internacionales, la diplomacia española insiste en aferrarse a la cooperación bilateral. Sin embargo, los hechos demuestran que Marruecos es para España un vecino geográfico, un socio comercial, un rival estratégico, pero sobre todo, un enemigo.