El Partido de la Liberación Dominicana (PLD) tiene 50 años de existencia. Quien suscribe esta serie tiene 43 años militando en sus filas, pero algunos podrían preguntarse ¿Por qué no fuimos fundadores? Y la respuesta es sencilla: cuando el PLD surgió nosotros teníamos siete años, por lo que mucho fue que nos admitieran en la organización con 14 de edad.
Tuvimos la oportunidad de completar el círculo de estudios en un año y siete meses. De ser dirigente medio a los tres años de militancia, y llegar a ocupar la máxima posición en un comité intermedio, que fue la de secretario general un bienio más tarde.
Desde esa posición pudimos, concomitantemente, ser uno de los dos mecanógrafos del presidente del partido, el expresidente Juan Bosch. A partir de 1989 estuvimos en las secretarías nacionales de Finanzas, de Formación Política y de Propaganda, por lo que nos ha permitido ser espectador de primera fila de la evolución de nuestra organización desde 1981 hasta su llegada al poder en 1996.
Los congresos en la era de Bosch eran exactos como los relojes suizos
En ese lapso, el PLD organizó cuatro congresos. Anteriormente se había dado el congreso constitutivo (podría llamarse el congreso 0 inicial) en 1973; un lustro posterior hubo el primer congreso ordinario, y lo interesante de esto es que cada uno de ellos se daba con la exactitud de un «reloj suizo»: cada cuatro años.
En 1994 fue organizado el V Congreso Manny Espinal. Correspondía el siguiente cuatro años después, pero dos factores (uno justificó al otro) determinaron que el VI Congreso se efectuara en el 2000, es decir, no cada cuatro años, sino seis: uno de ellos fue que la sociedad dominicana se veía involucrada por elecciones cada dos años porque se separaron las elecciones presidenciales de las congresuales y municipales, y el otro se debió a que estábamos en el poder; se consideraba que a mayor jerarquía interna había mayor posición en el gobierno; un congreso en 1998, tras la derrota electoral ponía en riesgo el nivel político del dirigente peledeísta, y por primera vez en la historia del PLD (luego de que Bosch dejara las funciones ejecutivas) se procedió a la ratificación de los miembros del Comité Central. Esta fue una fatídica decisión.
La ratificación en los puestos es una hija del poder
La ratificación tuvo que dar una compensación. Había que ampliar el número de miembros de los comités Político y Central, no por la necesidad de su funcionamiento, sino para satisfacer apetencias de quienes no habían llegado a esos altos organismos partidarios, y desde aquí cambió la lógica de la persona idónea para el puesto al puesto idóneo para la persona.
Esta determinación dejó un efecto colateral. Se perdió la evaluación de la calidad política del dirigente para ocupar los puestos de dirección; en lo adelante había que buscar la fórmula de que se mantuvieran dirigentes que solo tenían fácil acceso a los medios de comunicación de esos entonces, que son los que hoy llamamos tradicionales, y militantes que no tenían esa facilidad comunicativa, pero eran líderes territoriales, y así surgió la absurda e injusta categorización de elección nacional y local para ser miembro del Comité Central, de la cual un dirigente llega a esa posición con 107 votos en nivel local, pero otro con 1500 no alcanza el cargo por lo nacional.
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