En el proceso de su desarrollo y conservación, la humanidad ha tenido que agenciarse los mecanismos necesarios para el sometimiento de la naturaleza y la convivencia entre sus miembros. De ese modo surgieron las ciencias, como la filosofía y las matemáticas, de las cuales se desprendieron luego las demás. Así, la mayoría de las disciplinas de las que disponemos hoy son especializaciones de ciencias que en sus inicios eran generales. En la actualidad, dentro de esas mismas especialidades se continúan produciendo nuevas subdivisiones: la tendencia es que el ser humano sepa cada vez más de menos cosas.
Ese fenómeno se presenta en todas las áreas del saber. Veamos, por ejemplo, el caso de la Medicina: desde el médico brujo que curaba todo, hoy tenemos especialistas para cada parte del cuerpo (piel, ojos, pulmones, hígado, corazón, circulación sanguínea, oídos). Lo mismo observamos en la Historia: antes, el historiador procuraba abarcar todo el pasado; hoy, en cambio, maneja ideas generales y se especializa, por citar un caso, en la historia de América, de la Europa medieval o de un país determinado, como la República Dominicana. Igual acontecimiento se da en el Derecho, la Economía y las artes.
Aunque parezca un tanto complejo lo anterior, lo comprende cualquier ciudadano sin necesidad de conocimientos especializados, siempre que no se aplique a la política. Todavía en nuestro país no se ha tomado conciencia de que la política es una disciplina con un objeto de estudio propio que requiere, en quien se dedica a ella, lo mismo que explicamos para los deportes y otras áreas: vocación.
Con la política sucede lo que acontecía hasta hace algunos años con la psicología: nadie sabía para qué servía y todos se resistían a acudir al psicólogo para evitar que los tildaran de locos. Ese prejuicio se ha ido superando, pero no así el de la política. Aún entre nosotros se considera que la actividad política es propia de vagos y, lo que es peor, nadie percibe la relación existente entre la buena situación económica de un país —con todo lo que ello implica en la superestructura— y la propia estabilidad personal derivada de una adecuada conducción política. «Yo nunca he vivido de la política», proclaman algunos a todo pulmón y con mucha autosuficiencia, ignorando que, indirectamente, la estabilidad de su negocio o de su empleo se debe a la correcta gestión pública que se ejecuta en la nación.
Un ejemplo extremo, entre otros menos radicales que podrían argüirse para entender la importancia de contar con buenos políticos al mando, fue la pandemia de la COVID-19. Sin la intervención de las autoridades que gobernaban en ese momento, los dominicanos lo habríamos pasado muy mal, pues el sector privado no se iba a sacrificar por sus empleados ni mucho menos por el resto de la ciudadanía, algo que probablemente habría ocurrido en cualquier otro país. Debe recordarse que, para evitar el despido masivo de trabajadores en los días más duros de la crisis sanitaria, el presidente Danilo Medina decidió asumir el pago de la mitad del salario de miles de empleados. Esa medida estuvo acompañada de otras acciones de asistencia social que solo un gobierno puede ejecutar; incluso, diversas labores de auxilio gestionadas por iglesias fueron posibles gracias a la intervención estatal.
Aunque la relevancia de las acciones políticas resulta evidente para los pueblos en situaciones extremas, estas son igualmente determinantes en la vida cotidiana, con la desventaja de ser menos visibles. La gente no ha comprendido que, mientras un médico salva vidas de una en una, un mal político, con una declaración inoportuna de guerra a otro país, puede ocasionar miles de muertos; o con una mala decisión económica, arruinar la vida de millones de conciudadanos. Sin embargo, lo grave no radica únicamente en el prejuicio contra la política y los políticos, sino también en el fenómeno opuesto: que todos nos consideramos con vocación para la política, sin advertir que, al actuar así, desconocemos el perfil y carácter propios de esta disciplina.
Sin haber estudiado Medicina, a nadie se le ocurre ejercer como médico, del mismo modo que sin haber estudiado Derecho nadie se considera abogado. Sin embargo, sin haber estudiado la teoría y la práctica de la política, todos —por el simple derecho a votar cada cuatro años— nos consideramos políticos.
Debido a esa creencia, precisamente, cada cierto tiempo aparece un enganchado a político que aspira a la presidencia del país. Por eso también, cuando uno de esos aventureros logra alcanzar la primera magistratura, se desencadenan crisis que retrotraen a la nación a etapas que se estimaban superadas.
El día en que los ciudadanos pongamos el mismo cuidado al votar por un candidato presidencial, un alcalde, un senador, un diputado o un regidor que el que ponemos al llevar a uno de nuestros hijos al médico —a quien no confiamos a cualquiera, sino al profesional mejor preparado en su área—, a partir de ese momento nuestra sociedad habrá dado un gran salto cualitativo en su desarrollo.
¿Por qué? Porque solo entonces estaremos en condiciones de decirle a Alofoke y a cualquier otro aventurero político la célebre frase: «Zapatero, a tus zapatos».
20 de agosto de 2026
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