Ser mujer es ser objeto de una discriminación racional. Este fenómeno lo explica el sociólogo polacobritánico Zygmunt Bauman basado en «en criterios raciales y circunstanciales que se utilizan en perjuicio de los que están marcados negativamente.»
El «estigma» de ser mujer se ha hecho indeleble a través del tiempo. Es estructural desde la transición del matriarcado al patriarcado, es decir, del cambio de la propiedad común de los medios de producción a la individual en la cual los hombres quisieron garantizar el destino de sus herencias, como ocurrió en Mesopotamia (hoy Irak) por la facilidad que daban dos ríos y canales de riesgo, lo que permitió el tránsito de sociedades de cazadores y pescadores nómadas a tener un asentamiento y un crecimiento poblacional que complicó la organización humana diez mil años atrás.
La agricultura destronó a la mujer
Esta estructura trajo la agricultura. A la que se les agregaron dos elementos (uno subsecuente del otro) la expansión y la guerra, y los tres juntos excluyeron a la mujer.
Como plantearon los clásicos del marxismo las ideas dominantes son las de la clase dominante. En la literatura, la mujer es la originaria del pecado original, según tres corrientes religiosas que se continúan una de la otra: el judaísmo, el cristianismo y el islam.
Tanto en los libros Génesis como Corintios se observará que la mujer procede del hombre. Ella está condenada a servirle a su «progenitor» y será raíz de todos los males desde que fue convencida por la serpiente a que el hombre probara del fruto del árbol del conocimiento, es decir, tendremos una discriminación sistémica que amerita de una reparación histórica para la mujer; solo debido a esa condición en República Dominicana observaremos que durante 98 años la mujer era solo una cosa reproductora de hijos y cuidadora, y todavía debido a eso en la galería de los 59 presidentes dominicanos no hay una sola cara femenina.
Todavía la mujer no tiene derecho al voto en algunos lugares
Las mujeres iniciaron su defensa al derecho a votar a finales del siglo XIX. Tuvieron éxito en el primer cuarto del siglo pasado, pero hoy en día todavía ese derecho no se le concede a gran parte de los Estados de la península arábiga, basada en esa discriminación estructural en contra de ellas, es decir, solo por la decisión «divina» por su condición de mujer.
Al ser una condena «divina» se ve normal, y «siempre será así». No solo se ve en el ámbito político, sino también en el cotidiano en la cual la mujer queda sometida a la doble jornada cuando ella labora fuera de la casa, pese que en la actualidad son más las mujeres que reciben estudios superiores más que los hombres, pero ellas son escasas en los puestos de dirección de las organizaciones.
