La invasión rusa de Ucrania ha sido uno de los eventos más disruptivos de la geopolítica reciente. Aunque los titulares se han centrado en la destrucción, las sanciones y la tensión en Europa, hay un actor que, sin disparar un tiro, ha sabido leer el tablero y reposicionarse estratégicamente: China.
Mi abuelo solía decir que «a veces uno le hace la cama al otro para que se prepare para el futuro». Sin proponérselo, Rusia parece haber cumplido exactamente ese papel con Pekín.
Un socio que paga el precio
Las sanciones occidentales y el aislamiento diplomático han debilitado considerablemente a Moscú, obligándolo a volverse más dependiente de China. Mientras Rusia paga el alto costo de la guerra —económico, militar y político—, Pekín recibe beneficios indirectos que fortalecen su posición global.
Primero, energía más barata gracias a contratos preferenciales de petróleo y gas que le permiten reducir sus costos energéticos mientras Occidente enfrenta crisis de suministro. Segundo, mayor influencia sobre Rusia, que ahora necesita vender, importar y financiarse principalmente a través de su vecino asiático, convirtiendo a Beijing en un socio indispensable. Tercero, impulso significativo al yuan como moneda alternativa en el comercio bilateral y en operaciones internacionales, desafiando la hegemonía del dólar.
El arte de atrapar vacas mientras otros persiguen chivos
Otra frase de mi abuelo encaja como anillo al dedo en esta situación: «Si todos están ocupados atrapando chivos, tú aprovecha para atrapar vacas».
La guerra ha absorbido gran parte de la atención y los recursos de los «rivales» estratégicos de China —la Unión Europea, Estados Unidos y la OTAN—. Mientras ellos concentran enormes esfuerzos en contener a Rusia y sostener a Ucrania, China avanza silenciosamente en sus propios frentes estratégicos.
En el Indo-Pacífico, Beijing ha intensificado su presencia naval y firmado nuevos acuerdos con países clave, aprovechando que la atención occidental está volcada hacia Europa. La iniciativa de la Franja y la Ruta continúa expandiéndose con inversiones masivas en África, Asia y América Latina, consolidando la influencia china en regiones que antes recibían mayor atención de las potencias occidentales. Además, China ha ganado tiempo valioso para modernizar su tecnología y armamento sin enfrentar presiones militares directas, algo impensable si las tensiones globales estuvieran centradas en el mar de China Meridional.
Entre oportunidad y riesgo
Sin embargo, no todo ha sido ganancia para el gigante asiático. El conflicto también ha traído desafíos significativos que Beijing debe navegar cuidadosamente.
La menor demanda de exportaciones hacia Europa, uno de sus mercados más importantes, ha afectado sectores clave de su economía. Los riesgos de sanciones secundarias, si apoya demasiado abiertamente a Moscú, obligan a China a mantener un delicado equilibrio diplomático. Además, la tensión en el suministro agrícola global —especialmente considerando que Ucrania era un proveedor clave de maíz y otros granos— ha complicado la seguridad alimentaria china.
La lección geopolítica
Sin embargo, el balance geopolítico es claro y favorable para Beijing. La sabiduría popular dominicana, encarnada en los refranes de mi abuelo, ofrece una lente única para entender esta compleja realidad: mientras el mundo occidental se encuentra atrapado persiguiendo los «chivos» de una guerra europea, China ha encontrado la oportunidad perfecta para alimentar tranquilamente su establo de «vacas» estratégicas.
Esta guerra nos ha enseñado que, en geopolítica, como en la vida, a veces los mayores ganadores son quienes saben cuándo no entrar en la pelea, sino observar desde la distancia y aprovechar las oportunidades que el conflicto ajeno inevitablemente crea.
El pragmatismo chino, combinado con la distracción occidental, ha resultado en una ecuación que favorece claramente los intereses de Beijing. Mientras Rusia y Occidente se desgastan mutuamente, China continúa su ascenso paciente hacia la hegemonía global, un movimiento a la vez.
Zúrich, Suiza.
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