Pese a la alineación de los tanques de guerra en Moscú el 19 de agosto de 1991, el ejército soviético no confrontó a la población civil. Mujeres se acercaban a los tanques para llevarles te, leche y comida a las tropas, y los militares conversaban con ellas, por lo que las orientaciones del ministro de Defensa, mariscal Dmitri Yázov, fueron las que preponderaron.
El presidente en funciones Guenadi Yenáyev al ser preguntado por Yevgueni Primákov (aquel enviado para conversar con Sadam Huseín un semestre atrás) le respondió: «no se preocupe; Gorbachov va a regresar. Todo irá bien».
Los golpistas no sabían qué hacer. No había un liderazgo; penduleaban si dirigirse a Mijaíl Gorbachov o al presidente de Rusia, Borís Yeltsin; en un momento se pensó enviar al primer ministro Valentín Pávlov con el ministro Yázov, pero el jefe de gobierno estaba en cama, y la visita no se produjo.
La residencia de Yeltsin, en la comunidad de Arkhangel’skoe, estuvo rodeada discretamente por una unidad de élite del KGB. Los golpistas estaban a la expectativa de cuál sería la reacción del presidente ruso ante la situación del momento.
Yeltsin estaba reunido con Ruslán Jasbulátov, expresidente del Sóviet de Rusia; Guenadi Burbulis, Anatoli Sobchak y Serguéi Shajrai. Su seguridad contaba con ocho hombres.
Jasbulátov había llegado a la residencia del presidente ruso Yeltsin a las 7 de la mañana. Lo encontró decepcionado, sin afeitar, y le había dicho «Este es final. Kriuchkov viene a arrestarme».
A Yeltsin, Jasbulátov le dijo todavía no te han arrestado. Le exhortó con afeitarse e ir a luchar.
Yeltsin, con los cuatros dirigentes que lo visitaban analizaron el panorama. Entendieron que sin la aprobación del presidente soviético Gorbachov la medida tomada carecía de legitimidad, y el paso táctico recomendado por Burbulis era respaldar al destituido jefe de Estado.
Solo Gorbachov podría declarar el estado de emergencia. Esa medida tenía que ser refrendada por el Sóviet Supremo para cumplir lo que estipulaba la constitución, en consecuencia, todos los actos de los golpistas estaban fuera de ley.
Para enfrentar a los golpistas, Yeltsin se dirigió al parlamento soviético. Allá estuvo en una sesión y los calificó de bárbaros y canallas.
Yeltsin, contrario a las recomendaciones de Burbulis, salió de la Casa Blanca (así se le dice a la sede del parlamento) al mediodía. Se dirigió a un tanque de guerra, también contrariando las sugerencias de su equipo, que temía que fuera presa de un francotirador.
Pero Yeltsin no hizo caso. Se llevó de su olfato político; el tanque transmitía una imagen enérgica y cercana a la vez; saludó a uno de los soldados que estaba en la escotilla, y desde el artefacto militar dirigió un discurso en que calificó al golpe como reaccionario, anticonstitucional y ultraconservador, y declaró al Comité de Estado de Emergencia inconstitucional en medio de los aplausos de los presentes.
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