En la madrugada del 16 de agosto de 1863, catorce hombres cruzaron la frontera por Dajabón y subieron al cerro de Capotillo. No llevaban un ejército: llevaban una bandera. Dos años antes, el 18 de marzo de 1861, Pedro Santana había arriado esa misma bandera para entregar la naciente República a la Corona española. El mismo Santana que en 1855 mandó fusilar a Antonio Duvergé, el centinela de la frontera, héroe de Azua, de El Memiso, de La Estrelleta. Lo que siguió fue una guerra de montes y de fiebre amarilla, de campesinos convertidos en soldados, que en 1865 obligó a un imperio a deshacer por ley lo que había aceptado por decreto. No nos regalaron la soberanía: la restauramos.
De cerros y de rodillas
Ciento sesenta y tres años después, el dominicano de a pie no sube cerros: hace fila en el colmado a ver si el peso rinde pa’l mandao, revisa la factura de la luz preguntándose por qué debe pagar tanto por una energía que solo recibe de vez en cuando, y vive la inseguridad ciudadana como quien vive en zozobra permanente. Y ahora, para colmo, tiene las rodillas peladas de tanto rezar: no ya por la patria, sino porque remuevan al «zar» de las EDES, Celso Marranzini, presidente del CUED, que desde hace más de un año promete el fin de los apagones sin que la vaina termine de cuajar; porque cese en su cargo la «faraona» de Interior y Policía, Faride Raful, cuyo silencio institucional se ha vuelto costumbre; y porque salga de una vez el inoperante titular del Intrant, Milton Morrison, incapaz de ordenar un tránsito que mata más dominicanos que cualquier guerra reciente.
A esa lista se suma ahora el hermetismo con que Cancillería expulsó, esta misma semana, a nueve —o según La Habana, diez— diplomáticos cubanos, sin dar una sola explicación pública más allá de invocar la Convención de Viena. Puede que la medida esté justificada; lo inquietante es que en la República del silencio institucional, hasta la diplomacia se maneja como secreto de Estado. Y en medio de esa vaina del hermetismo, la conversación nacional se debate entre si se remenea la mata o si no se remenea, con el ciudadano promedio demasiado ocupado, demasiado infoxicado, demasiado distraído por el pan y el circo cotidiano, para preguntarse qué pasó realmente con esos diplomáticos, o para reparar en que justo hoy cumplimos 163 años de haber restaurado, con sangre y guerrilla, la soberanía que hoy administramos con tanto hermetismo.
Fechas que anuncian, pero no cumplen
El patrón se repite con una puntualidad que ya debería avergonzarnos. El Natalicio de Duarte, el Día de la Constitución, hasta el sagrado 27 de Febrero: cada fecha patria llega precedida de una frenética expectativa —discursos y promesas de refundación cívica— que puntualmente cede su lugar a la desilusión de siempre. Nos indignamos con la fecha, no con la causa. Conmemoramos el gesto, no la exigencia. Y así, entre un aniversario y el siguiente, se nos va quedando cada vez más pequeño el espacio para preguntarnos qué significaba realmente izar esa bandera en Capotillo.
Lo que no debería apagarse
Duvergé, los catorce de Capotillo, Luperón y tantos hombres y mujeres anónimos que cambiaron el machete por la libertad no restauraron la República para que 163 años después la celebráramos con un minuto de silencio cívico entre notificación y notificación del celular. Si España tuvo que deshacer por ley lo que Santana entregó por decreto, cabe preguntarse qué ley —o qué vergüenza— hará falta para que el dominicano de hoy deje de entregar, notificación a notificación, la memoria de lo que costó ser libres.