Ya pasó el 8 de marzo, en Italia se dice “passato il santo, passato il miracolo”, para indicar que cuando pasa la fecha, hasta el próximo año no se habla más de eso. Ayer el mundo se tiñó de morado, exceptuando a Italia que lo hace siempre de amarillo, con flores de mimosa, con la puntualidad de quien ha puesto una alarma en el calendario y no piensa saltársela. Los bancos con brecha salarial del 20% celebraron a la mujer. Las marcas de ropa confeccionada en talleres de explotación donde la mayoría son mujeres declararon nueva vez que el futuro es femenino. Las redes sociales se llenaron de logos morados, hashtags y ese tipo de solidaridad que expiró a medianoche.
Pero el uso instrumental de la mujer no se limita al marketing corporativo. La retórica de la liberación femenina lleva décadas sirviendo de excusa presentable a operaciones militares de dudosa justificación: en 2001 había que liberar a las mujeres afganas del burka; en 2003, a las iraquíes de la tiranía. En 2026, semanas antes de la Operación Epic Fury sobre Irán, los mismos medios que ahora guardan silencio hablaban con elocuencia de las mujeres iraníes que se quitaban el velo en protesta, de su valentía, de su derecho a la libertad. La mujer oprimida es, en manos de ciertos gobiernos, un argumento tan útil como un misil guiado por láser. Y, curiosamente, mucho más barata.
El 28 de febrero, en algún momento de la madrugada en que los misiles cruzaban el cielo de Teherán, una bomba cayó sobre la escuela Shajareh Tayyebeh —El Árbol Bueno— en Minab, sur de Irán. Dentro había entre 170 y 264 niñas de siete a doce años. Algunas llevaban su cuaderno de matemáticas. El padre de una de ellas llegó con ese cuaderno en la mano, buscándola entre los escombros. Decenas de niñas murieron. Decenas más resultaron heridas. El mundo, que semanas antes hablaba con tanta pasión de la mujer iraní oprimida, no organizó una rueda de prensa. Hasta el momento no ha habido ningún comunicado oficial, ni tampoco ningún hashtag. El algoritmo no sugirió cambiar el logo a morado en su honor. La liberación de la mujer, al parecer, tiene un rango de altitud operativo por encima del cual ya no aplica.
Ese silencio no es una excepción; es el patrón. En Afganistán, el régimen talibán ha borrado metódicamente a la mujer del espacio público: sin educación secundaria, sin trabajo, sin rostro en la calle. En Haití, las pandillas que controlan la mayor parte del país ejercen la violencia sexual como arma de control territorial, y las mujeres haitianas la padecen en la impunidad más absoluta, sin que ningún gobierno occidental haya encontrado urgencia geopolítica suficiente para liberarlas. En Italia, los feminicidios salpican los titulares con una regularidad que ya nadie debería poder llamar excepcional. En la Patria de Duarte, la violencia física, el acoso y el maltrato psicológico contra la mujer persisten como una herida crónica que el sistema judicial apenas araña en su superficie; los feminicidios se cuentan, los datos se manipulan, se lamentan y se archivan. Las cifras cambian. La estructura, no.
Y en materia de poder político, nuestra paradoja resulta reveladora. Varias mujeres ocupan escaños en el Congreso, algunos ministerios, algunas alcaldías. Pero la presidencia de la República sigue siendo, en el imaginario colectivo y en la práctica partidaria, un territorio masculino. Hasta el momento, en el PLD no se ha inscrito ninguna aspirante a la candidatura presidencial; en la Fuerza del Pueblo, ni por asomo. Un techo de cristal tan bien pulido que casi no se ve, y que refleja exactamente lo que hay debajo.
La paradoja más elocuente, sin embargo, no viene de Quisqueya sino de Escandinavia. Suecia fue el primer país del mundo en adoptar una Política Exterior Feminista, en 2014: un marco diplomático que situaba la equidad de género en el centro de sus relaciones internacionales e inspiró a varios países a seguir su ejemplo. Años después, en noviembre de 2021, el país que inventó ese concepto tuvo por primera vez en su historia una mujer al frente del gobierno: Magdalena Andersson, precedida por 33 hombres consecutivos. Su mandato duró hasta octubre de 2022. Menos de un año. Y a partir de ese mismo año, el nuevo gobierno de derecha archivó la Política Exterior Feminista sin mayor ceremonia. El país que enseñó al mundo a nombrar el feminismo en la diplomacia tardó un siglo en poner a una mujer donde correspondía, y en cuanto cambió el viento político, se llevó también el paraguas.
Mientras tanto, el feminismo institucional libra sus propias batallas, no siempre en la dirección que cabría esperar. Se ha confundido la página azul en redes sociales con un logro de liberación. Se ha confundido la mercantilización del propio cuerpo con autonomía. Eres jefa de tu propio negocio, dice la narrativa, mientras se alimentan los mismos estereotipos que costó décadas combatir. Y en paralelo, un sector del feminismo ha cedido, en nombre de una inclusión mal articulada, espacios que nos ha costado un enorme esfuerzo a lo largo de generaciones. La definición biológica de mujer es para muchos casi una ofensa, mujer es quien dice identificarse como tal. En el deporte de competición, en los espacios de protección, en la propia definición jurídica de mujer, los derechos se redistribuyen, se quitan, se suprimen, con una velocidad y una ligereza que la gran mayoría de mujeres no pidieron y pocas se atreven a cuestionar sin que las acusen de traición a la causa. El resultado es un movimiento que a veces parece más ocupado en sus propias guerras semánticas que en el salario, la seguridad y la dignidad de la mujer concreta.
La mujer real —la que trabaja de más por menos sueldo, la que cría sola, la que vota, aunque sabe que los partidos no la imaginan en la primera magistratura del Estado, la que estudia en una escuela que puede convertirse en escombros sin que el mundo organice una rueda de prensa— sigue esperando un verdadero crecimiento y empoderamiento, una oportunidad de equidad. Ya pasó el 8 de marzo: se levanta el telón, se recogen las flores, y el machismo —ese sí— retoma su ritmo habitual sin haber perdido un solo día de trabajo.
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Excelente articulo, como siempre Lucy.
Tu artículo nos recuerda algo que muchas veces olvidamos: que la dignidad de la mujer no puede reducirse a un solo día, a un color en las redes o a una consigna pasajera.
Más allá de la política, las campañas o las tendencias, la mujer ha sido históricamente un pilar silencioso de la sociedad. Desde la fe aprendemos que el amor verdadero se manifiesta en el servicio, en la entrega y en la capacidad de sostener la vida incluso en medio de la adversidad. Y en ese sentido, millones de mujeres encarnan diariamente ese sacrificio con una fortaleza admirable.
Las madres que crían, las mujeres que trabajan el doble para sostener sus hogares, las que educan, las que cuidan y las que luchan por salir adelante representan una forma de grandeza que rara vez recibe titulares.
Tu reflexión invita precisamente a eso: a ir más allá del símbolo y mirar la realidad. A reconocer que la verdadera defensa de la mujer no debería ser una moda ni un instrumento político, sino un compromiso constante con su dignidad, su seguridad y sus oportunidades.
Ojalá aprendamos a valorar a la mujer no solo en fechas señaladas, sino cada día, con respeto, justicia y gratitud.
#InaldoAlcántaraCuevas.
Flores, hashtags y discursos el #8M… pero un silencio ensordecedor cuando las víctimas son niñas que no encajan en el guion. Cuando la defensa de las mujeres depende de si el caso conviene o no al relato, deja de ser justicia… y pasa a ser propaganda