La reina Isabel La Católica murió el 26 de noviembre de 1504. Quedó su esposo, Fernando II, envuelto en la guerra entre potencias cuando el rey portugués Manuel envió un trimestre más tarde una:
Carta de autorización como constancia, que nosotros, por la mucha confianza que tenemos en Don Francisco d’Almeida… le damos cargo como capitán mayor de toda la dicha flota y armada y de la dicha India y que permanezca en posesión de ella por tres años (Abellán, 2024).
España como potencia emergente ocupó el 15 de setiembre de 1505 el puerto de Mazalquivir «El mando naval recayó en Ramón de Cardona, mientras que el ejército de tierra fue dirigido por Diego Fernández de Córdoba» (Hablar y Decir, 2025) partiendo de Málaga con una armada de 80 navíos –Hablar y Decir exagera la cantidad señalando que «zarparon 170 navíos de vela»– (Hablar y Decir, 2025) y una brigada de marinos tratando de impedir los ataques de los corsarios berberiscos, quienes habían tomado el lugar como refugio. Mazalquivir se convirtió en base militar española; de esta manera se impedía el avance otomano por el norte de África, y fue un punto para la expansión española por la región.
La «minicruzada» española
La toma fue considerada una «minicruzada», contando no solo con el respaldo político y militar de Fernando II, sino también con el apoyo financiero y espiritual proporcionado por el cardenal Francisco Jiménez de Cisneros. Dos meses más tarde, se produjo una nueva tensión entre fuerzas cristianas y musulmanas bajo las órdenes del sultán mameluco Al Ashraf Qansuh al Gawri.
Este recibió asistencia del Imperio otomano para la construcción de embarcaciones, así como la cooperación solicitada al sultanato de Gujarat y al zamorín de Calcuta con el objetivo de oponerse a los portugueses. Asimismo, encargó a Amir Husein al Kurdi enfrentar a la séptima armada portuguesa, presente en el océano Índico bajo el mando del virrey Francisco de Almeida.
La séptima armada portuguesa dirigida por Almeida se hace dueña del Índico
El virrey De Almeida comandaba 21 naves. Le acompañaba un batallón con la finalidad explicada por Pilar Abellán:
Los portugueses estaban ganando la partida en el comercio de especias a los venecianos, que las compraban de intermediarios musulmanes en el puerto egipcio de Alejandría. Eliminando a los intermediarios y obteniendo las especias directamente de la fuente, los portugueses estaban en posición de establecer el monopolio comercial y marcar los precios (Abellán, 2024).
El rey portugués Manuel conoció de la amenaza del sultán por la vía de un fraile enviado por los venecianos. Su respuesta no se hizo esperar:
No sólo no se retirarían del Océano Índico sino que, si insistían los mamelucos en provocarle, lanzaría una cruzada por el Mediterráneo para destruir el Cairo y recuperar los lugares santos de Jerusalén. Además, la prueba de que la expansión portuguesa en el Índico no se debía solamente a criterios comerciales sino, sobre todo, la movía el espíritu de cruzada, tantas veces silenciados por la historiografía, se encuentra en la «tasa de cruzada» que el papa otorgó al rey Manuel para dos años, con remisión de los pecados, para todos aquellos implicados en la cruzada (Abellán, 2024).
