Los seléucidas vencieron en agosto de 1071 al califato fatimí. Esta fue la batalla de Manzikert, antigua Armenia y hoy Turkiÿe, en la cual los invasores se expandieron hacia el oeste incluyendo la ocupación de Jerusalén 16 años después; según unos cronistas, los nuevos ocupantes eran muy radicales e impedían las peregrinaciones, y el 27 de noviembre de 1095 el papa Urbano II convocó la primera cruzada en el concilio de Clermont, Francia, con la presencia de cuatrocientas personas, con el interés de recuperar la ciudad.
Los soldados de Cristo
El interés por Jerusalén, según el criterio del historiador Thomas Asbridge «no se lanzó tanto como una empresa evangelizadora para conseguir la conversión, forzada o voluntaria, de los musulmanes de Levante, sino como una expedición para proteger y recuperar territorios cristianos» (Asbridge, 2021).
Los fatimíes recuperaron nueve meses después a Jerusalén. Resultó tarde porque el 15 de agosto de 1096 un regimiento de caballeros y un cuerpo de ejército se dirigió a la ciudad motivados porque:
Todos sus pecados serían perdonados y sus almas recibirían la recompensa en la otra vida. Urbano II realizó una gira de sermones por Francia durante 1095-6 para reclutar cruzados, con un mensaje salpicado de historias exageradas sobre cómo, en ese preciso momento, los monumentos cristianos estaban siendo profanados y los creyentes perseguidos y torturados impunemente (Cartwright, 2018).
La cruzada de los pobres
Independientemente de la convocatoria papal hubo otros grupos que marcharon hacia Jerusalén. Se trataba de «la cruzada de los pobres», conformada, por un lado, por Walter el Indigente y el conde Emicho de Leiningen y sus seguidores. Por el otro lado, de los caballeros Pedro el Ermitaño, que según Julián Elliot:
La mayoría no tenía qué comer, sin mencionar su ineptitud para la lucha. Un presunto iluminado conocido como Pedro el Ermitaño había encendido con su prédica apocalíptica a estos cruzados espontáneos sin nada que perder. Los había ido congregando por suelo francés y germano hasta formar una horda de unos 20.000 desharrapados que ensombreció con rapiñas y matanzas su camino hacia Palestina (Elliot, 2017).
Estos fueron recibidos por el emperador bizantino Alejo en Constantinopla. Cuando fueron enviados hacia Asia menor fueron vencidos por las técnicas de caballería novedosa de los seléucidas, comandados por Kilij Arslan, próximo a Nicea el 21 de octubre, sin embargo, el grueso de la cruzada convocada por el papa tuvo mejor suerte a finales del año.
En junio de 1097 reconquistaron a Nicea. Los cruzados tuvieron dirigidos por el general griego Tatikios, pero la llegada a Jerusalén fue un año y medio después, y de acuerdo con Elliot «En el camino fueron recibidos con entusiasmo por los habitantes de Belén, en su mayoría cristianos. La acogida en Jerusalén fue menos grata (Elliot, 2017)».
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