Durante esa primera guerra de independencia que duró diez años y finalizó en 1878 luego de la firma del Pacto del Zanjón sin que los cubanos pudieran alcanzar la victoria y a pesar de la gloriosa Protesta de Baraguá, protagonizada por el general Antonio Maceo el 15 de marzo de dicho año, Máximo Gómez llegó a ocupar el cargo de Secretario de la Guerra del Gobierno en Armas. Pero no estuvo de acuerdo ni participó en el mencionado Pacto del Zanjón razón por la cual decidió abandonar la Isla. En su Diario de campaña correspondiente al 6 de marzo de 1878, día en que partió rumbo a Jamaica en el buque español «Vigía», escribió sobre ese triste momento:
Son las seis de la tarde y vamos a perder a Cuba de vista, quizás para siempre — ¿Cuál será mi destino después que he sufrido tanto y tanto en esta tierra en pos de la realización de un ideal que ha costado tanta sangre y tantas lágrimas? ¡Adiós, Cuba, cuenta siempre conmigo mientras respire –tú guardas las cenizas de mi Madre y de mis hijos –y siempre te amaré y te serviré!
Gómez nunca descuidó la educación de sus hijos
Al respecto sobre esa importante decisión suya de ausentarse del país, escribió en unos relatos redactados en Honduras en 1881 y dedicados a su hija Clemencia, lo siguiente:
No quise yo quedarme en Cuba; no era decoroso para mi vivir en paz bajo la bandera que había combatido, y tomé el camino del destierro con los harapos de la pobreza más absoluta y mi mujer y tres niños, contando Francisco tres años próximamente. Caímos como náufragos en una tierra desconocida para nosotros, y era «nada menos» que Jamaica, colonia inglesa. Los que conocen aquello sabrán entender lo que quiere decir ese «nada menos». Como Dios está siempre detrás de los hombres para castigarlos o premiarlos, sólo a él debo que mis hijos no se murieran de hambre. Vivimos un tiempo allí, después me recogió Honduras – que amo tanto como a Santo Domingo y a Cuba; más tarde pasamos a Nueva Orleans; después, volvimos a Jamaica, y finalmente fui a plantar mi tienda a Santo Domingo. De tumbo en tumbo, allí, a mi tierra, fui a parar, después de rodar un poco – sin éxito puedo decir – pero eso sí, sin descuidar nunca la educación de mis hijos. Ya éramos nueve: siete hijos, el mayor de los varones Francisco; y curiosa circunstancia: mi casa representa un conjunto de nacionalidades; unos son cubanos, otros ingleses, otros americanos, y no hay más dominicanos que yo y la predilecta de la familia, la última nacida: Margarita.
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