Quienes se dedican a la Historia tienen una responsabilidad importante en la construcción de la memoria colectiva. Su trabajo debe ser objetivo y riguroso, para que podamos comprender el pasado de manera correcta y evitar que se repitan los errores. Una de las labores de quienes se dedican a la historia es delinear la realidad de los mitos porque raras veces esa labor intelectual se ejecuta desde un «balcón», esta es una forma de decir que los juicios deben ser objetivos, pero, por el contrario, los historiadores tienden a estar en uno de los bandos en conflictos.
Deben ser conscientes del impacto que sus obras pueden tener en la sociedad. Deben evitar glorificar la muerte porque esto puede conducir a nuevos conflictos. Sin ser conscientes de eso, tienen una gran responsabilidad debido a que sus obras pueden influir en la forma en que las personas entienden el pasado.
En las guerras, los historiadores se ponen de un lado. A partir de ahí, la historia no se recibe con transparencia, sino con un cristal que aumenta o disminuye el hecho según la conveniencia, y de esta manera se dificulta distinguir el hecho del mito.
Mezcla de historia, religión y nacionalismo
El sentido que se le da a la muerte en la guerra raya en lo religioso en la historia. Se produjo una «nacionalización» de la muerte, al criterio del historiador alemán George Lachmann Mosse, entonces ahora se complica la historia que, además de tener su tinte religioso, ahora se convierte en nacionalista.
Como resultado, la muerte en la guerra se ha convertido en un fenómeno religioso y nacionalista. Los héroes y los mártires son glorificados y sus muertes se justifican con fines políticos.
Con criterios nacionalista se justifica la guerra. De paso, también se justifica la muerte, que empieza a tener una razón de ser.
La muerte ha sido glorificada. Los héroes y los mártires quedan inmortalizados en estatuas de los soldados caídos, y esa práctica comenzó en Alemania después de la Primera Guerra Mundial.
No queremos mártires, sino héroes
Escribió el sociólogo polacobritánico Zygmunt Bauman que los Estados necesitaban «que sus súbditos fuesen patriotas de la nación, dispuestos a sacrificar sus vidas individuales en aras de la supervivencia de la «comunidad imaginada» nacional».
Agregó el sociólogo Bauman que «La muerte del héroe nacional podía ser una pérdida o una tragedia personales, pero el sacrificio estaba sobradamente recompensado, aunque no por la salvación del alma inmortal del fallecido, sino por la inmortalidad física de la nación.» Y más adelante escribió:
La idea de que ni el rango militar de los héroes ni, en realidad, su vida entera hasta el momento del sacrificio final importaban a la hora de apreciar y recordar afectuosamente aquel sacrificio. Aquellos monumentos hacían saber a los vivos que sólo importaba el momento de la muerte en el campo de batalla y que el valor de la muerte tenía el poder de redefinir retrospectivamente (es decir, de elevar y de ennoblecer) el significado de hasta la menos meritoria de las vidas.
La muerte de hoy tiene otra dimensión. Quien muere así en esta era de la modernidad líquida es un terrorista, y no tiene la valoración de mártir ni de héroe. En la actualidad son valoradas las celebridades; por eso vemos que el futbolista portugués Cristiano Ronaldo tiene 603 millones de seguidores en Instagram, y esa cantidad equivale a casi el doble de la población de Estados Unidos, que es el tercer país más habitado del mundo.
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