Conforme a Flavio Josefo, además de la torre Antonia, el fuego «pasó también por el Palacio Real, y llevóse los techos de las tres torres» (Josefo, Las guerras de los judíos, 2006, pág. 264). Los líderes Eleazar y Juan Giscaleo tomaron sus propias medidas.
Eleazar, con sus compañeros y parcialidad, quiso abrir la puerta; deseaba que algunos del pueblo entrasen, los cuales querían adorar en el templo. Juan quiso cubrir sus engaños y asechanzas bajo nombre y cubierta del día de la fiesta, y mandó que viniesen algunos de los suyos, de los que menos fuesen conocidos, con las armas escondidas bajo sus vestidos (Josefo, Las guerras de los judíos, 2006, pág. 258).
Juan, de todas maneras, recibió el apoyo de Eleazar. Ambos se unieron para enfrentar a Simón ben Giora, quien, pese a la alianza de los primeros, los superaba en combatientes.
Esta lucha intestina les ayudó mucho a las tropas romanas. Tito fue herido por una saeta en el hombro izquierdo, y decidió combatir el templo con tres columnas.
Juan y Simón se aliaron finalmente
En el templo, y ante tal decisión, Simón envió:
Un trompeta, y dio licencia y facultad a los que quisiesen salir del templo y venir al muro: lo mismo hizo Juan, aunque este menos se fiaba. Olvidando ellos sus enemistades y discordias, juntanse en uno; y repartidos por el muro, echaban mucho fuego contras las máquinas de los romanos» (Josefo, Las guerras de los judíos, 2006, pág. 271).
Los romanos, a juicio de Flavio Josefo, su disciplina y uso de las armas vencían «el atrevimiento y audacia de los judíos» (Josefo, Las guerras de los judíos, 2006, pág. 271). En esta refriega murió Juan, víctima de una saeta clavada en su pecho.
Guerra muro por muro
La lucha romanojudía se fue desarrollando por muros. En el primer muro, los romanos vencieron, pero en el segundo la resistencia hebrea fue muy fuerte, aunque finalmente, las tropas de Tito ocuparon el templo, y:
Pensaba ya Tito de qué manera podría combatir el tercer muro, y parecíale haber durado poco tiempo su cerco en lo que había ganado, por lo cual determinó dar tiempo a sus enemigos para que tomasen consejo entre sí, y ver si aflojaría la pertinacia de ellos viendo ya ganado el segundo muro» (Josefo, Las guerras de los judíos, 2006, pág. 276 y 277).
La historiadora española Eva Tobalina Oraá señaló que César Vespasiano Augusto y su hijo Tito ordenaron la muerte de los sacerdotes del templo de Jerusalén después de haberla tomado. Las tropas romanas saquearon la edificación (Raíces de Europa, 2022), de acuerdo con el historiador estadunidense Donald L. Wasson los romanos vencieron:
Masacrando a sus ciudadanos y provocando numerosos incendios. Después la toma de la ciudad, todas sus murallas – con excepción de una – fueron destruidas. Esto sirvió como recordatorio para todos de que ningún muro podría defender contra el ejército romano. La única sección del muro restante se convirtió en el lugar más sagrado de toda Judea – el Muro de las Lamentaciones (Wasson, 2013).
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