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LA COHERENCIA LÍQUIDA: Sobre los principios que fluyen según la temperatura del poder

por Lucy Esther Díaz

marzo 9, 2026
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Zygmunt Bauman, sociólogo polaco sobreviviente al nazismo primero y al comunismo polaco después, se inspiró en el término «liquidez» del economista John Maynard Keynes para acuñar su concepto de «modernidad líquida» —la idea de que las sociedades contemporáneas han disuelto las estructuras sólidas (identidad, trabajo, comunidad, valores) en formas fluidas, inestables, que no se fijan en ningún molde permanente. Escribió sobre el amor líquido, el miedo líquido, la vigilancia líquida. En la perfumada flora de la política dominicana, surge una especie silvestre de robustas raíces: la coherencia líquida. Cuando el recipiente es el poder, las convicciones son sólidas como el mármol. Cuando el recipiente es la derrota, las convicciones se evaporan con pasmosa fluidez y emergen, renovadas, en otro envase más prometedor.

La historia universal ha dado nombre a este fenómeno de distintas maneras. Los romanos lo llamaban oportunistas —la habilidad de leer el viento antes de que los demás sepan que va a cambiar—. Talleyrand, el gran superviviente de la Revolución Francesa, el Imperio y la Restauración, lo practicó con tal maestría que hoy su nombre es sinónimo de pragmatismo sin escrúpulos. Sirvió a Luis XVI, a Robespierre, a Napoleón y a Luis XVIII con idéntico entusiasmo declarado. Su secreto, según él mismo confesó, era simple: «Nunca he abandonado a nadie que no me abandonara primero.» Una distinción cómoda cuando uno tiene el talento de precipitar ese abandono.

En el Caribe, la coherencia líquida adquiere sus propios matices tropicales. Aquí la clase política, de convicciones variables no necesita la sofisticación de Talleyrand. Le basta con una memoria estratégicamente selectiva y una capacidad sorprendente para indignarse ante exactamente aquello que antes aplaudía.

Un método ayer favorable, hoy día inviable 

Imaginemos —pura construcción de fantasía— a un político que lucha y asciende por reglas internas que lo premian y lo llevan a la cúspide, en “pole position” para esta complicada carrera. Compite. Pierde, y pierde estruendosamente, como un rayo en día soleado, marcando un precedente -negativo- a la baja. Y entonces, desde un nuevo territorio, nebuloso y decorado de índices acusadores,  descubre que las reglas que ayer lo catapultaron, hoy lo colocarían en seria desventaja. Descubre pues, analizando detenidamente, que dicho método es injusto e inadecuado, que no se puede repetir y que luchará por imponer, nueva vez, su criterio.   

La paradoja sería casi filosófica si no fuera tan predecible, un oxímoro quisqueyano. Alguien sube por una escalera pero ahora propone retirarla. 

Como si fuera un libro del “Gabo”

En literatura existe un arquetipo que ningún tratado político ha logrado capturar mejor: el del que regresa a la casa que fue suya y camina por ella en silencio, tocando las paredes, reconociendo cada rincón con la memoria del que la habitó y la amó. Ya no le pertenece —o siente que le fue arrebatada—, pero su sola presencia, su sola memoria de lo que fue, es ya una forma de reclamación. No hace falta gritar. No hace falta anunciar nada. Basta con seguir ahí, con una mano todavía adentro y la mirada puesta en otro horizonte. En política, ese umbral tiene un nombre preciso: se llama todavía adentro.

Parafraseando a los más finos ensayistas en la materia, los políticos raramente se van —se reposicionan. La diferencia no es semántica: irse implica una ruptura definitiva, traumática, con costos y con dolor, pero subsanable cuando sucede “a tiempo”, pero reposicionarse pudiera ser más estratégico y nocivo a largo plazo, cimentar el arte de estar en la puerta, con un pie adentro y otro afuera, hasta que la temperatura del nuevo recipiente resulte suficientemente acogedora. La coherencia líquida en estado puro.

¿Y los principios?

Los principios, en este esquema, no desaparecen. Se transforman. Se «profundizan». Se «maduran».  La clase política habla de «evolución», de «lectura actualizada de la realidad», de haber «escuchado la base», no importa si está dando un giro de ciento ochenta grados. El pueblo, convenientemente, siempre le da la razón —en la versión imaginaria más conveniente de la voluntad popular.

Hay que reconocerle al fenómeno cierta elegancia técnica. No es fácil defender hoy exactamente lo contrario de lo que defendiste ayer con la misma convicción aparente. Requiere un músculo retórico bien entrenado. En ese sentido, la genética ha sido generosa con los dominicanos: músculos resistentes y fácilmente reactivos, que construyen una base resiliente para cualquier ecosistema —incluido el político. 

La pregunta que queda flotando —líquida, también ella— es una sola: ¿llega un momento en que los votantes (que aún quedan) dejan de leer los principios y empiezan a leer, simplemente, el patrón? Porque los principios cambian. El patrón, curiosamente, se recicla.

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