Saladino se presentó como el mas fervoroso islamista. Retiró todos los símbolos cristianos en la Ciudad Santa, aunque permitió a cuatro sacerdotes sirios oficiar en el Santo Sepulcro; el mismo sultán oraba en el Domo de la Roca, y de esta manera el centro religioso se establecía en Jerusalén, no en Alepo, aunque de esta ciudad trasladó el púlpito de Nuraldin.
Convocatoria de la tercera cruzada
Con la Tierra Santa ocupada por las tropas de Saladino, el papa Gregorio VIII llamó a una tercera cruzada. Desde que recibió las noticias en octubre de 1187 envió legados pontificales a solicitarles a los monarcas europeos que dejaran atrás sus diferencias para combatir al sultán ayubí para recuperar a Jerusalén, ahora llamada Al Ard al Muqadasa.
Por la recuperación de la Ciudad Santa, la primera reacción favorable se dio en Maguncia. Allí se dio una asamblea cinco meses después del anuncio papal con la presencia de los obispos Enrique Estrasburgo y Godofredo de Wurzburgo se le entregó la cruz a Federico Barbarroja.
Fue el monarca del Sacro Imperio Romano Germánico, Federico Barbarroja, quien partió en mayo de 1189 desde Ratisbona con su hijo mayor, el duque Federico de Suabia, los líderes religiosos de Tarento, Lüttich, Wurzburgo, Passau, Ratisbona, Basilea, Meissen, Osnabrück y Toul, un cuerpo de ejército de caballería y un ejército de infantes, cuyo «camino elegido, pasaba por Serbia, Hungría, Bizancio y el Sultanato de Rum» (Roman, 2020).
El ahogamiento de Federico Barbarroja
Cruzaron el estrecho de Bósforo. Al emperador Barbarroja le pasó algo no calculado: un aliado como Isaac II Angelos, gobernante de Bizancio, titubeó en apoyarlo, lo que llevó a Federico a entrar en Filipópolis, territorio de dominio bizantino para forzar el apoyo que en 1990 logró, y de ahí combatir a las tropas de Qutbadin, líder de los seléucidas y yerno de Saladino, hasta vencerlo y lo obligó a pactar, pero el jefe del Sacro Imperio Romano Germánico murió ahogado en el caudaloso río Salep (Türkiye) el 10 de junio, y sus fuerzas militares se dispersaron porque interpretaron esa muerte como la premonición de una maldición.
De ese ahogamiento, Manuel Villatoro escribe varias teorías:
Las teorías que se barajan son muchas. La más extendida es que, mientras trataba de vadear el río, el caballo de Barbarroja tropezó. Su jinete no pudo evitar caer entonces a las aguas con la armadura completa puesta. El peso del acero, unido a la extrema ancianidad del emperador para la época (la esperanza de vida de la época estaba entre los 40 y 50 años), hizo el resto. «Fue arrastrado por la corriente y se hundió. Cuando consiguieron rescatar su cuerpo, desgraciadamente, ya había dejado de existir», explica el doctor en historia José María Manuel García-Osuna.
No obstante, y a pesar de que el emperador se ahogó frente a cientos de combatientes, existen más teorías sobre lo que sucedió en aquella aciaga jornada para el cristianismo. Otra de las más conocidas es la que afirma que la culpa la tuvieron las infames temperaturas del verano. «Existe una segunda hipótesis que dice que el emperador, para paliar el enorme calor que había en la zona, intentó bañarse en el río», explica el historiador. Según esta versión, cuando Barbarroja se metió en el agua sufrió un infarto agudo de miocardio provocado por el frío del río, lo que hizo que se ahogara (Villatoro, 2016).
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