El ataque de Egipto y Siria a Israel no fue un impulso de revancha sino una decisión estratégica calculada. El presidente egipcio Anwar al Sadat buscaba recuperar la soberanía sobre el Sinaí, territorio perdido en la Guerra de los Seis Días de un sexenio atrás, y sabía que el gobierno israelí no se sentaría a negociar mientras mantuviera una superioridad militar incuestionable.
El contexto diplomático era complejo. Estados Unidos quería estabilizar sus relaciones con el mundo árabe, en parte por temor a un embargo energético, y para ello intentaba impulsar un proceso de paz en Oriente Medio, incluso en coordinación con Unión Soviética. Pero esa iniciativa chocaba con la visión israelí. Según un análisis de la empresa tecnológica turca İşNet:
Por un lado, Estados Unidos intentó lograr la paz en Oriente Medio para mejorar sus relaciones con los árabes, lo que provocó desacuerdos e incluso, en ocasiones, frialdad en sus relaciones con Israel. Estas actividades estadounidenses contradecían la política de Israel, ya que este país prefería una paz que no se lograra mediante una propuesta preparada y presentada por otros, sino aprovechando las oportunidades y la influencia que le brindaba su victoria de 1967 para llevar a los árabes a la mesa de negociaciones (Digi Security, 2015).
Fue dentro de ese cálculo político que Israel tomó una decisión que le costaría caro. Moshe Dayan lo explicó con claridad: «El gobierno de Israel ha decidido no ser el primero en atacar, aunque estábamos seguros de que ellos iban a hacerlo; y eso para lograr una ventaja política, aún a expensas de una desventaja militar» (enlacejudio.com, 2018).
Esa desventaja se hizo sentir desde las 2 de la tarde del 6 de octubre de 1973. El ejército egipcio ejecutó la Operación Badr con una precisión sorprendente.
Para cruzar el canal de Suez, sus ingenieros utilizaron cañones de agua de alta presión que abrieron brechas en las murallas de la línea Bar Lev, reforzadas con cortinas de humo para cubrir el avance. En apenas diez horas, las tropas egipcias habían cruzado el canal apoyándose en 10 puentes de construcción soviética.
Quinientos tanques penetraron 15 kilómetros en la península del Sinaí, respaldados por misiles antiaéreos y antitanques. El avance fue tan rápido que, según enlacejudio.com, las tropas egipcias encontraron en su camino material militar abandonado de la Guerra de los Seis Días (enlacejudio.com, 2018).
En el frente norte, tres divisiones sirias acompañadas de mil cuatrocientos tanques ocuparon las alturas del Golán. El ejército israelí resistió durante cuatro días hasta poder integrar sus reservas y logró replegar a las fuerzas sirias hasta 35 kilómetros de Damasco. En el frente sur, el general Ariel Sharon encabezó una maniobra que permitió a Israel separar unidades del ejército egipcio, cortarles toda la logística y forzar su rendición.
Ante el deterioro de la situación árabe, Unión Soviética estableció un puente aéreo masivo para rearmar a Egipto y a Siria. En respuesta, el presidente Richard Nixon ordenó la Operación Nickel Grass para reabastecer a Israel.
La confrontación entre las dos superpotencias escaló cuando el presidente soviético Leonid Ilich Brézhnev amenazó con enviar paracaidistas en auxilio del ejército egipcio. Nixon respondió elevando la alerta nuclear a Defcon 3, lo que disuadió a Moscú de intervenir directamente.
La presión combinada de ambas superpotencias forzó una reunión urgente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas el día 22. Se declaró un alto al fuego que tardó tres días en hacerse efectivo sobre el terreno.
Pero el conflicto dejó una secuela que sacudiría al mundo entero: los Estados árabes miembros de la Organización de Países Exportadores de Petróleo declararon un embargo a Estados Unidos. El arma que Faisal le había prometido a Sadat meses antes, y que Henry Kissinger había preferido ignorar, se disparó puntualmente.
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