Juan Bosch y su vasta producción —tanto la literaria como la histórica y la política— han sido objeto de profusos estudios; sin embargo, a nuestro juicio, subsiste un aspecto que ha sido escasamente abordado, si es que alguien lo ha hecho: su dimensión como promotor cultural.
En su juventud, el autor de La mañosa fue un entusiasta ateneísta, condición que lo llevó a desempeñarse como secretario de Actas del Ateneo Dominicano. Asimismo, en aquella época, desde la dirección de la sección literaria del «Listín Diario», Bosch estimuló el talento de jóvenes promesas de las letras nacionales. Entre esos nombres señeros figuran Pedro Mir, en la poesía, e Hilma Contreras, en el cuento.
De su dilatado exilio de casi veinticuatro años, apenas disponemos de información sobre estas preocupaciones, salvo por algunas reseñas y comentarios críticos que insertaba en los medios donde publicaba sus artículos políticos. Al retornar a la patria en 1961, se consagró en cuerpo y alma a la actividad partidaria: primero, a la organización del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) y, posteriormente, a la campaña electoral que lo conduciría a la presidencia de la República en 1963.
Durante su efímero mandato, acaso la manifestación más alta de su sensibilidad cultural fue la organización del concierto lírico de Pablo Casals (1876-1973), celebrado en el Palacio de Bellas Artes el mismo día de su juramentación presidencial, el 27 de febrero de 1963. Casals, un violonchelista prodigioso que revolucionó la ejecución de su instrumento, era además un eximio compositor y director de orquesta.
El gobierno de Bosch apenas rebasó los siete meses. Derrocado por un golpe de Estado, le sobrevino un breve exilio en Puerto Rico, desde donde dirigió políticamente la Revolución de Abril de 1965. Tras el armisticio y ante una paz impuesta, sobrevino el mamotreto electoral de 1966. Bosch concurrió a aquellos comicios con el único propósito estratégico de lograr la retirada de las tropas interventoras, objetivo que, en efecto, se consumó.
Una vez instalado el nuevo gobierno presidido por el doctor Joaquín Balaguer, y concluido el repliegue de las fuerzas norteamericanas, don Juan viajó a España. Se estableció en Benidorm con el fin de redactar dos obras que consideraba fundamentales para su praxis política: Composición social dominicana y De Cristóbal Colón a Fidel Castro. El Caribe, frontera imperial». Por fortuna, su fecundidad intelectual desbordó las intenciones originales y, en una febril actividad creadora, escribió y publicó también Dictadura con respaldo popular, El pentagonismo, sustituto del imperialismo y Breve historia de la oligarquía, volumen este último que luego complementaría con el trabajo Tres conferencias sobre el feudalismo.
Bosch retornó a la República Dominicana el 17 de abril de 1970. De inmediato se abocó a la reorganización del PRD, empeño bajo el cual impulsó un riguroso programa de formación política para militantes y dirigentes; con ese fin, redactó diez folletos sobre historia dominicana —abordados desde un renovado rigor metodológico— y fundó la revista «Política: Teoría y Acción».
Bajo su dirección, el PRD experimentó una notable revitalización. No obstante, su visión sobre los problemas nacionales y sus respectivas soluciones difería sustancialmente de la tesis sostenida por gran parte del liderazgo de esa parcela. Dichas discrepancias conceptuales eran ya perceptibles en los libros que venía publicando desde 1966. Su ruptura con el partido se tornó inevitable y se materializó en noviembre de 1973. En diciembre de ese mismo año, fundó el Partido de la Liberación Dominicana (PLD).
En Juan Bosch se verificó aquel fenómeno —lamentable para los amantes de las bellas letras— del literato absorbido por la vorágine de la política. Sin embargo, pese a las exigencias de la alta dirección partidaria, siempre reservó espacio para estimular a noveles escritores, dramaturgos, pintores y escultores. En su ejercicio de mecenazgo y promoción cultural, no resultaba extraño encontrarlo en las salas del Teatro Nacional, presenciando la obra de un creador consagrado o de un talento emergente. Memorable es su regocijo al enterarse de que la obra teatral «Bolo Francisco», autoría de un joven en ese tiempo desconocido llamado Reynaldo Disla, había obtenido por decisión unánime el prestigioso Premio Casa de las Américas en Cuba, en 1985.
Ningún líder político de su envergadura mantuvo una vida intelectual tan vigorosa. A pesar de su avanzada edad y de los compromisos políticos propios de un líder nacional en un país del tercer mundo, Bosch participaba sistemáticamente en tertulias literarias, como la del Hostal Nicolás de Ovando o la coordinada por Natacha Sánchez, así como en los actos de presentación de libros de escritores noveles. Del mismo modo, se trasladaba a cualquier barriada de la capital o municipio del interior para impartir una charla o conferencia. Muestra de esto último fueron sus disertaciones sobre cultura en el sector de Capotillo, en Santo Domingo, y aquella titulada «Mon Cáceres, tiranicida», pronunciada en el teatro Maritza de Moca, el 26 de julio de 1977, compilada posteriormente en el ya citado «Artículos y conferencias».
Bosch ponía el peso de su autoridad como literato consagrado al servicio de la juventud creadora. Respaldaba a los noveles autores prologando sus volúmenes, reseñándolos o compareciendo a sus puestas en circulación. Esa vocación docente quedó vivamente retratada en el apadrinamiento, por aquellos años, del joven Pircilio Díaz, en quien vislumbró las dotes de un excelente cuentista, aun cuando mostraba ciertas limitaciones en el dominio del idioma. Convencido de que aquel talento merecía cultivarse, Bosch gestionó personalmente los recursos financieros para enviarlo a estudiar a España, destino hacia el cual partió. Así procedía Juan Bosch: sin estridencias publicitarias ni más ambición que el desarrollo cultural de su pueblo.
Antes de poner punto final a estas líneas, conviene evocar la génesis de la iniciativa para construirle una vivienda al Poeta Nacional, Pedro Mir. En una de las referidas tertulias, Bosch notó al bardo hondamente compungido; al aproximarse e inquirir sobre su tribulación, Pedro le confesó que debía mudarse de forma perentoria debido a que le habían requerido el inmueble. Bosch —quien sostenía, y así lo expresó públicamente en más de una ocasión, que los poetas, además de clarividentes por anticipar el destino de los pueblos, constituyen un lujo supremo para las sociedades— montó en cólera. Sus orejas se encendieron como brasas. Indignado, pronunció un emotivo discurso y demandó de inmediato el contacto telefónico del propietario o administrador del inmueble donde vivía don Pedro. De aquel rapto de justicia e indignación surgió el plan para dotar al Poeta Nacional de una vivienda propia, morada donde habitó hasta el día de su partida física.
Ese era Juan Bosch, un hombre irrepetible.
5 de julio de 2026
#Bosch #Politica #PedroMir #CulturaNacional #EscritoresNoveles