Acaban de pasar, celebrados por todo lo alto —como debía ser—, los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe. Esta justa deportiva se constituyó en el centro de atención de gran parte del país durante su desarrollo y —estamos seguros— su influencia se seguirá sintiendo durante unas cuantas semanas.
«¿Cómo así, Daniel?», preguntarán algunos. Simple: por un fenómeno de contagio.
Veamos dos ejemplos: el caso de Marileidy Paulino y el de la gimnasia artística, mi deporte preferido. Ni Marileidy ni nadie sabe a ciencia cierta la influencia que esta hermosa mulata ejerce en gran parte de los jóvenes de la República Dominicana y otros países. Sus triunfos motivan a que una gran cantidad de jóvenes se vean seducidos por la idea de practicar atletismo, porque en sus fueros más internos germina y se desarrolla una semillita: la idea de ser algún día como Marileidy Paulino.
De llevarse estadísticas sobre las personas que se inscriben en clubes de atletismo o en las estructuras que agrupan a estos deportistas, estamos seguros de que por estos días y durante los próximos debe registrarse un pico muy pronunciado de inscritos. Siempre ha sido así, y ese es uno de los grandes beneficios de las competencias deportivas a gran escala y de las grandes figuras que destacan en ellas. Por ejemplo, Nadia Comaneci y Olga Korbut —para quedarnos solo con las mujeres— fueron una inspiración determinante para que muchos jóvenes se decidieran por la práctica de la gimnasia artística. Así lo han manifestado numerosos amantes de ese deporte. Incluso, entre los exgimnastas con quienes presenciamos la competencia en estos juegos, más de uno recordó que su inclinación por esta disciplina estuvo motivada por los XII Juegos Centroamericanos y del Caribe, realizados en nuestro país en el año 1974.
«Bien, Daniel, lo que has dicho puede que tenga sentido, pero ¿dónde hace esquina con Alofoke?». No desesperéis, como decía aquel procurador.
Del mismo modo que ignoramos la cantidad de jóvenes que muestran por estos días interés en practicar atletismo y gimnasia, siguiendo nuestros ejemplos, también ignoramos cuántos de ellos, durante el proceso de aprendizaje, irán convenciéndose de que carecen de las condiciones físicas para lograr un buen desempeño. En otras palabras, quizás sirvan para otro deporte, pero no para esos. Entonces se producirán deserciones, y esos jóvenes seguirán probando hasta —si tienen suerte— dar con su vocación deportiva.
Esto que acabamos de señalar ocurre en todas las actividades, ya sean deportivas (físicas), profesionales, científicas o artísticas (mentales). Las personas no servimos para cualquier cosa ni para todo. Por razones de nuestra genética, fenotipo u otros factores, venimos al mundo dotados de las herramientas necesarias para desarrollarnos en un área específica. Es cierto que algunos —muy pocos, por cierto— vienen con la habilidad de ser buenos en varias disciplinas, pero en ningún caso en todas. En el atletismo, algunos son veloces (Carl Lewis, Usain Bolt, nuestra Marileidy con obstáculos); otros tienen resistencia (los maratonistas Eliud Kipchoge, de Kenia, y Abebe Bikila, de Etiopía); otros, en cambio, son muy fuertes, como los lanzadores de disco y de martillo.
Esto que vemos en los deportes sucede también en las profesiones y en las ciencias. No todos nos llevamos bien con los números (matemáticas, geometría, física…), ni con las artes (música, pintura, escultura…) ni con las letras. Cada quien tiene su propia inclinación.
Aunque esto es tan elemental que parece una perogrullada tratarlo, resulta que casi nadie en nuestro país lo aplica en la política. Y como este aspecto se ha alargado demasiado, veamos la dimensión política en la siguiente entrega, que es la que justifica el título: El fenómeno Alofoke.
19 de agosto de 2026
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