Sin la pretensión de iniciar un debate ideológico —para muchos anacrónico—, resulta imperativo reconocer de entrada que el país experimenta una intensa concentración de capital. Dicha concentración provoca que un número cada vez menor de familias y corporaciones se constituyan en propietarios de la riqueza nacional, lo cual genera, en dirección opuesta, un incremento sostenido en la pauperización de las masas.
Ciertamente, algunos sectores, seducidos por la ilusión de mecanismos ajenos a nuestro sistema social y modelo económico, podrían alegar que en la actualidad las mayorías perciben una «mejoría en sus condiciones de vida». Quienes sostienen esta postura argumentan, por ejemplo, la facilidad con la que un joven de nuestros sectores populares puede adquirir hoy en día calzado deportivo de marcas reconocidas o prendas de vestir de segunda mano —e incluso nuevas— en los mercados informales; una posibilidad que resultaba casi inaccesible durante la década de los setenta.
Existen, sin embargo, dos factores menos superficiales que el ejemplo citado, pero igualmente eficaces al momento de inducir a amplios sectores vulnerables a autopercibirse como menos desposeídos que los de hace veinte años. El primero es de carácter material: las remesas que numerosas familias reciben de parientes residentes en los Estados Unidos y Europa. El segundo es de naturaleza estrictamente psicológica, pero incide con la misma fuerza en la creencia de una supuesta movilidad social ascendente: el hábito de interactuar en el ciberespacio. La navegación digital posee la «magia» de infundir en muchos ciudadanos la sensación de estar a la par de un joven de clase media local, neoyorquino o alemán, bajo la premisa de que en las redes sociales consumen los mismos contenidos, interactúan en los mismos espacios e incluso pueden comunicarse directamente con ellos. En este punto, lo verdaderamente relevante es advertir cómo los sectores desfavorecidos adoptan el estilo de vida que las sociedades desarrolladas proyectan a través de los entornos digitales, asimilándolo con tanta intensidad que confunden dicha ilusión con su realidad cotidiana.
La realidad objetiva demuestra que la riqueza nacional se concentra en un número de manos cada vez más reducido, proceso que ha transformado profundamente nuestra estructura económica y social. En la década de los sesenta, un agente económico operaba rígidamente como importador o exportador; hoy en día, puede desempeñar ambas funciones. En los años setenta, las figuras del banquero, el industrial y el comerciante se mantenían diferenciadas; en la actualidad, los grandes industriales y comerciantes se han transformado en accionistas de entidades financieras, y viceversa. Si bien el auge reciente de la bolsa de valores ha acentuado esta dinámica, el fenómeno responde a un proceso estructural previo.
Ahora bien, si existe un sector que ha sido radicalmente transformado por esta concentración de capital, es el de la comunicación social. Un volumen cada vez mayor de periódicos, canales de televisión, estaciones radiales y plataformas digitales se encuentra hoy subordinado a un menor número de propietarios.
Este fenómeno social ejerce una influencia determinante en la política y en el ejercicio comunicacional contemporáneo. La concentración de los medios de difusión en pocas manos otorga a sus propietarios y accionistas una enorme capacidad de presión estratégica, lo que les permite condicionar las decisiones gubernamentales en coyunturas específicas que afecten sus intereses particulares. Por esta razón, para determinados grupos económicos resulta irrelevante si el medio de comunicación es financieramente rentable; su propósito no es la obtención de dividendos, sino su instrumentalización como factor de influencia y contrapeso político.
La manifestación específica de esta concentración oligopólica dentro de la propia praxis comunicativa será analizada luego junto a aspectos derivados, en estricto respeto a la paciencia y atención del lector. Hasta entonces.
28 de junio de 2026
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