«Cuando Adán araba y Eva hilaba, ¿dónde estaba entonces el noble?» — así increpaba el cura inglés John Ball a la nobleza en 1381. Seiscientos cuarenta y cinco años después, la pregunta cambia de forma, no de espíritu.
En el argot popular dominicano hay frases y expresiones que surgen casi de manera espontánea pero que se popularizan y quedan grabadas en el diario vivir de los ciudadanos. Frases como «e’to no se sabe dónde vaya’sa paral», «¿qué batida?», «pero no roba motol» y «he morido» forman parte de esa cultura tan nuestra y peculiar. La última que ha llegado con fuerza y, al parecer, para quedarse, es «de tíguere a tíguere», un refrescante intercambio entre el honorable presidente de la Cámara de Diputados, Alfredo Pacheco —quien se inauguró en dicha posición hace 23 años bajo un tiroteo en pleno Hemiciclo, el llamado «Pachecazo» de 2003, cuyas fiestas en Cristo Rey hasta altas horas de la madrugada son inolvidables, y quien en medio de la conmoción por la muerte del Papa Francisco encontró, justo en ese funeral en el Vaticano, el momento perfecto para grabarse con un giro completo de 360 grados con la cámara frontal de su teléfono inteligente, dejando ver, de paso, exactamente dónde se encontraba— y el comunicador Eduardo Sánchez Tolentino «El Piro».
Frente a un racimo de micrófonos, con traje azul y camisa blanca, Pacheco lució una sonrisa abierta, de dentadura completa, cabeza ligeramente echada hacia atrás —el gesto de quien no está sonriendo con alguien sino de alguien. Los ojos, achinados detrás de los espejuelos, no acompañan la boca: hay una mueca de suficiencia, de quien saborea la pregunta incómoda que acaba de esquivar. Es la sonrisa del funcionario que sabe que tiene el micrófono y la última palabra, no la del que ríe de buena gana.
Siempre en la riqueza coloquial del quisqueyano, el sufijo «azo» indica grandeza, para bien o para mal: un manoplazo, un juanetazo, el calorazo, el cacerolazo. Pues bien, El Piro esta vez no supo utilizar el lenguaje; se quedó, a mi humilde opinión, un poco corto. Es casi un insulto llamar tíguere —a secas— a Pacheco, cuyo nombre se jaloneó en el expediente Odebrecht antes de ser descargado por insuficiencia de pruebas, donde afirmó tener sus pantalones cortos ante la posibilidad de caer preso, un dirigente que aspira a Secretario General de su partido y se dice que hasta a alcalde del Distrito Nacional, y que sin rubor se viste de conjunto de aires tropicales, pantalones anchos cortos y camisa al estilo «guayabera»: a ese no se le define con una palabra simple.
Al Piro le faltó esa dosis de «azo». Precisamente esa carencia del aumentativo fue lo que llevó a Pacheco a quejarse y a desquitarse ante la rebaja. Su venganza fue llamar «cacerolacito» a la hermosa sinfonía que en los últimos días se ha escuchado desde los sectores más humildes hasta los más privilegiados, incluyendo finos restaurantes y hasta el Club Naco. El faraón de Cristo Rey, quizás en lo más profundo de su interior, clamaba por la grandeza del apelativo. Seguramente habría surtido mejor efecto decir «de palomo a tiguerazo.»