Juan Bosch inicia la serie de artículos que venimos comentando, «La política no es un negocio», con la cita de Duarte en el sentido de que esta disciplina «no es una especulación; es la ciencia más pura y más digna, después de la filosofía, de ocupar las inteligencias nobles». Precisamente, con esa cita don Juan termina el penúltimo párrafo de la última entrega de la serie. Pero además de esas veces en otras tres ocasiones hace mención de esa cita textualmente o de manera indirecta, con sus propias palabras, lo que demuestra la importancia que le daba a lo dicho por Duarte y también su interés en recalcar el aspecto elevado del quehacer político, alejado del criterio mercurial, utilitario, monetario, que comúnmente se le da en sociedades como la nuestra.
Uniendo, pues, el título de la serie con la cita del patricio tendríamos como resultado algo así: la política no es un negocio ni una especulación sino la ciencia más pura y la más digna después de la filosofía capaz de ocupar las inteligencias nobles.
Al parecer estamos aquí ante el tradicional dilema del ser y el deber ser, o sea ante las cosas como son en la realidad, en el caso dominicano, y en lo que debemos convertirlas.
Indudablemente que para muchos la política ha sido y es un negocio. Así lo demuestra don Juan con hechos irrefutables de nuestra historia,
empezando con Buenaventura Báez, a quien el Senado Consultor donó mil pesos fuertes, en moneda que no se devaluaban como las papeletas, por los daños que pudo haberle causado la revolución de 1857; también menciona a Ulises Heureaux, quien en su dictadura de trece años hizo una costumbre el recibir préstamos en efectivo de comerciantes, especialmente de Puerto Plata, a los que beneficiaba con permitirles introducir contrabandos por tales o cuales cantidades de pesos; se continúa con Trujillo, quien en su dictadura de más de 30 años utilizó el Estado para convertirse en el hombre más poderoso de la historia del país; el Consejo de Estado no fue excepción, pues en sus diecisiete meses de vida la corrupción llegó a niveles escandalosos; al Consejo de Estado siguieron los gobiernos de Balaguer (1966-1978), cuando cientos de personas se hicieron millonarias a favor de puestos públicos. Algunos de los casos de corrupción del PRD quedaron documentados en los dos álbumes de la corrupción publicados por el PLD en «Vanguardia del Pueblo».
Esa ha sido nuestra historia y la situación del país, alimentada por la realidad de que mucha gente va a la política a buscar lo que el país no puede darle dada la poca movilidad social hacia arriba que se vive en naciones como la nuestra, en contraste con el estilo de vida que nos mete hasta el tuétano el sistema capitalista por todos los medios durante las 24 horas del día (la educación formal en la escuela, la radio, la televisión, los parientes que viven en Estados Unidos y en otros países desarrollados, ahora la Internet…). Ha llegado el tiempo —don Juan lo dice en otro trabajo– en que contamos con un gran conglomerado social que piensa, siente y pretende vivir como capitalista, pero carece de la sustancia económica para vivir como tal. Gran parte de esa gente acude a la política para procurarse esa sustancia.
Esas pretensiones provienen relativamente desde hace poco tiempo. Por ejemplo, refiere Bosch que «la ideología de las grandes masas dominicana de los años anteriores a 1940 no era capitalista; para ellos la meta a alcanzar era vivir de manera independiente produciendo lo indispensable para mantenerse en un poco de tierra o como peones y cocineras de familias de buen pasar».
Don Juan sostiene que «fue solo a partir de los años de la ocupación militar norteamericana de 1916-1924 cuando algunos campesinos, los más audaces, empezaron a pensar que podían ingresar en la Policía Nacional Dominicana, llamada entonces Guardia, y unos contados vecinos de los barrios pobres de las ciudades comenzaron a ingresar en los cuerpos de policía, que en esa época eran municipales».
En esos años, dice Bosch, «a un campesino típico, que era propietario de 100 o 200 tareas de tierra, no se le ocurría ni por asomo la idea de que él podía ser dueño de un automóvil, y uno pobre era incapaz de pensar en la posibilidad de ser propietario de un caballo, que equivalía en aquellos años a la motocicleta actual; a lo sumo el campesino pobre podía aspirar a tener un burro, y eso si era muy ambicioso. En cuanto al campesino sin tierra o a los que vivían en los barrios pobres de las ciudades y los pueblos ninguno de ellos aspiraba ponerse zapatos algún día, y mucho menos a ser empleado público a menos que fuera para hacer la limpieza de una escuela de campo o peón de carreteras. La idea de que un pobre de los pueblos pudiera ser diputado o algo por el estilo no se le ocurría a nadie». Llamamos la atención en el sentido de que conforme el censo de población de 1920, de las 894 mil 665 personas registradas el 83.4 % residía en áreas rurales.
Realmente la ideología capitalista se irá formando en las masas de nuestro país después de la muerte de Trujillo, lo que en opinión de don Juan se debió a que Trujillo fue el que «impulsó el desarrollo del capitalismo, pero ese impulso no llegaba a las masas antes de la muerte de Trujillo, entre otras razones porque se carecía de los medios masivos de introducción de esa ideología en ellas, pues aunque antes de la muerte de Trujillo se había establecido la televisión, el número de dueños de televisores era corto y la radio no podía darles a sus usuarios las imágenes de los bienes de toda índole que producía el capitalismo. Esto lo hacía la televisión, y cuando esta se generalizó y llegó a todos los lugares del país y a las viviendas más pobres, diseminó la idea de que cada quien podía ser dueño de esos bienes».
Y aquí llegamos a lo más importante:
«En el orden político la influencia del capitalismo iba a resumirse en una posibilidad de seguir el ejemplo de Trujillo, que de persona de origen bajo pequeño burgués, lo que en la sociedad dominicana equivalía a decir sin importancia, pasó a ser, gracias a su ascenso político, un multimillonario de fábula, y miles y miles de bajo pequeños burgueses, y aún de bajos pequeños burgueses pobres y muy pobres se lanzaron a seguir los pasos de Trujillo ilusionados con la idea de que podrían llegar a ser tan ricos como él. Para esas personas el camino de la política, ejercida en cargos civiles pero también militares, conduce directamente a la riqueza; más aún, a la riqueza en cantidades de millones de pesos y de dólares».
Ante esa realidad y el derecho que tiene todo el mundo de participar en política, independientemente del propósito que los anime, se hace necesario retomar la educación, la formación política, con los criterios de Bosch y los ajustes impuestos por los nuevos tiempos. No puede ser otra la actitud si asumimos el siguiente planteamiento del propio don Juan:
«La política es una ciencia y a la vez un arte, y los que se dedican a ella tiene que conocerla como un médico conoce todo lo que se relaciona con las enfermedades y la salud, con lo que estamos diciendo que el político está en el caso de prepararse para ejercer una profesión, una carrera, y en los partidos populistas de nuestro país no es así; para sus militantes y activistas la política es una actividad que proporciona empleos, empleos que no desempeñan para ejercer la política sido para prestar servicios burocrático o para hacer dinero con malas artes».
9 de marzo de 2020
