Hay catástrofes naturales y hay catástrofes fabricadas: Venezuela nos recuerda que la diferencia la pone el hombre
En Italia se dice que la naturaleza es madre, pero con frecuencia se comporta como madrastra. Lo repiten quienes han visto deslizarse los Apeninos sobre sus pueblos, quienes han enterrado a sus muertos bajo la lava del Etna, quienes han perdido todo en los desbordamientos del Po. La tierra da y la tierra quita. Pero hay una diferencia fundamental entre un desastre natural y una hecatombe: el primero lo produce la geología; el segundo, la negligencia, la corrupción y la crueldad de quienes gobiernan cuando el suelo tiembla.
La misma ecuación, distinto país
El 12 de enero de 2010 un terremoto de 7,0 sacudió a Haití. La tierra hizo su parte. Lo que vino después fue obra humana: décadas de construcción sin norma, un Estado que ya no existía antes de que el primer edificio cayera, coordinación internacional que llegó con cámaras antes que con palas. El 24 de junio de 2026, dos terremotos de 7,2 y 7,5 con apenas 39 segundos de diferencia sacudieron el norte de Venezuela. Las cifras oficiales —conservadoras a la baja— hablan de más de 1,400 muertos confirmados; la ONU estima entre 50,000 y 54,000 desaparecidos. Y otra vez, el suelo expuso lo que el poder había enterrado.
Ángelo Marinilli, ingeniero y profesor de la UCAB, llevaba años advirtiendo que cerca del 90% de la población venezolana vive o trabaja en zonas sísmicamente activas, y que la mayoría de las edificaciones son “antiguas y diseñadas bajo criterios normativos desactualizados”. Advertía además que cualquier construcción formal debería cumplir rigurosamente las normas de sismorresistencia. Nadie le prestó atención. Los complejos de la Gran Misión Vivienda en Catia La Mar —levantados a toda prisa, sin acceso público a memorias de cálculo ni evaluaciones estructurales independientes— se lo confirmaron al mundo en cuestión de segundos: la corrupción también mata cuando tiembla la tierra.
La burocracia como arma
Diosdado Cabello —figura cuya trayectoria admite muchos calificativos pero pocos elogios— decretó acceso restringido a La Guaira a apenas 48 horas del desastre: código QR, cédula laminada, registro previo en El Poliedro. Los bomberos de Medellín fueron retenidos cuatro horas en frontera. Un locutor que transmitía en vivo por TikTok fue amenazado con el SEBIN. Y venezolanos residentes en Madrid —con familiares bajo los escombros y la rabia de quien no puede ir a buscarlos— denuncian que cuerpos de orden público estarían cobrando un peaje de hasta US$1,000 para dejar pasar equipos y materiales de rescate hacia las zonas devastadas. No es verificable por vías oficiales. Es, sin embargo, la denuncia de quienes tienen nombre, dirección y teléfono, en un país donde el control del territorio ha sido siempre instrumento de extorsión.
Dos diásporas, un mismo silencio europeo
Hace apenas meses, esa misma diáspora venezolana llenó las plazas de Madrid y otras localidades europeas de bocinas y banderas cuando la operación estadounidense extrajo a Maduro y a su esposa. La cúpula chavista, sin embargo, permaneció intacta y siguió gobernando: los mismos que hoy ponen trabas burocráticas a la solidaridad internacional son los que se quedaron en el poder. En las aceras de enfrente, ciudadanos europeos —muchos de los cuales no ubican a Venezuela en el mapa sin ayuda— repudiaban la “intervención yanqui” con la misma soltura con que defienden causas que conocen por Instagram. Hoy, esos venezolanos están dando el todo por el todo: organizando colectas, gestionando contactos, reuniendo materiales indispensables. Una labor que choca con un obstáculo adicional: el cierre del Aeropuerto de Maiquetía ha llevado a las principales aerolíneas con ruta Madrid-Caracas a suspender sus operaciones. La solidaridad está lista. El cielo, por ahora, no la deja pasar.
Fue la República Dominicana, fiel a su vocación de convertir la geografía en ética, la primera nación en llegar: un vuelo militar con el equipo de la Operación Quisqueya Solidaria 2026 aterrizó en territorio venezolano antes que cualquier otra misión internacional, tal como este país pequeño y cargado de problemas propios hizo cuando Haití cayó en 2010. De los que empuñaban pancartas contra la intervención yanqui, no tenemos actualizaciones.
La madrastra tierra no distingue entre ideologías. Pero la historia sí anota quién arrimó el hombro y quién solo arrimó la pancarta.