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Cuando el hastío elige al piloto equivocado

por Lucy Esther Díaz

septiembre 14, 2026
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Artículo de opinión de Ámbito Global 

 

Sajonia-Anhalt es uno de los Länder más pequeños y pobres de Alemania, viejo cinturón industrial venido a menos. Y aun así, cuando la Alternativa para Alemania (AfD) ganó allí el 6 de septiembre con el 43,8% de los votos y una participación récord del 77,8%, el temblor se sintió en toda Europa. En Bruselas, Ursula von der Leyen, tan locuaz para sermonear sobre valores democráticos, optó por el silencio: evitó comentar el resultado, como quien no quiere ver el espejo que le devuelve su propio fracaso de conexión con el elector de a pie.

El clon que ya no es imitación

Lo de Alemania no es un caso aislado, sino el síntoma más visible de una fiebre que recorre Europa. España tiene a Vox creciendo sobre el desgaste bipartidista; Italia acaba de parir algo más audaz aún: el general Roberto Vannacci, salido de la Lega en febrero, fundó su propio Futuro Nazionale y se colocó a la derecha de la derecha de Giorgia Meloni. Holanda ya hizo el experimento completo: Geert Wilders ganó en noviembre de 2023 con discurso antisistema, gobernó a medias entre pactos incómodos y terminó revertido en octubre de 2025 frente a D66. El patrón se repite: hastío, abstención de los de siempre, una nueva casta de outsiders que promete incendiarlo todo sin saber cómo apagarlo después —y la posibilidad, no menor, de que el propio electorado apague el fuego que él mismo encendió.

El voto que no se emite y el que se regala

La diferencia está en qué hace el descontento cuando no encuentra vehículo. En Alemania y España se traduce en voto de protesta; en República Dominicana, la escasa conciencia cívica, la baja escolaridad y la marginalidad empujan más bien hacia la abstención. Pero ese vacío no queda huérfano: de él puede surgir el liderazgo equivocado, el que carece de lo mínimo para gobernar pero sabe capitalizar el malestar mejor que cualquier partido. Ya tiene nombre en esta columna: Santiago Matías, el Alofoke que convirtió el algoritmo en capital político.

Y no es casualidad: aquí se fomenta el entretenimiento como anestesia colectiva, pan y circo con perreo de fondo, para que el ciudadano no repare en lo que de verdad le rebana el bolsillo y el futuro. Los ídolos que se veneran ya no son estadistas ni educadores, sino los llamados urbanos, creadores de contenido chatarra cargado de antivalores y violencia, influencers que venden humo y hasta damas de OnlyFans erigidas en referentes de aspiración. Mientras el país debate quién twerkeó mejor anoche, se le escapa de las manos la reforma que nunca llega.

El populismo no respeta código postal

El populismo arrasa en el mundo entero, y esta semana Donald Trump lo demostró con estilo casino: prometió, en su convención de Dallas, un “dividendo” de 5,000 dólares a cada ciudadano adulto si el Partido Republicano retiene el Congreso en noviembre. Medio planeta se escandalizó ante semejante compra de votos con cara de política fiscal. En Quisqueya, en cambio, nadie se sorprendió: a Trump se le ocurrió ahora lo que aquí llevamos años perfeccionando, pagar el voto en efectivo y sin vergüenza. La diferencia es que aquí no hay que esperar a que gane nadie para cobrar: el peso o los quinientos, la Jumbo y el pica pollo de antaño se entregan el mismo día, en la fila del colegio electoral, y ya hemos subido de escala —a cifras bastante más generosas y, dicen, hasta dosis de sustancias que ni siquiera son legales.

El manual ya estaba escrito

Nada de esto es nuevo, ni eterno: Viktor Orbán gobernó Hungría dieciséis años bajo el disfraz de “democracia iliberal”, hasta que en abril de este año perdió las elecciones frente al Tisza de Péter Magyar. La lección es la misma en cualquier latitud: el hastío no siempre elige al mejor capitán, sino al más ruidoso, y hasta el más ruidoso tiene fecha de vencimiento cuando deja de escuchar al pueblo. Que cada quien saque sus propias conclusiones sobre el patio.

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