Las medidas de emergencia de los Estados para combatir el coronavirus paralizaron una parte importante de la producción y el transporte. Luego de un poco más de un año, el mundo se reincorpora a sus acostumbradas actividades, sin embargo, esta reanudación es más acelerada, de manera tal que lo que le toma al planeta regenerar en un año lo estamos consumiendo, a pesar de que con el confinamiento seguía el déficit: la humanidad estaba consumiendo en 234 días lo que se repone en 365, y en estos momentos, la depredación se logra en 210 días.
Lo dice Seabrook
La devastación ecológica la había descrito el periodista británico Jeremy Seabrook. En su obra de 2004 Consuming cultures: globalization and local lives él describía:
La tierra que cultivaban, adicta al fertilizante y al pesticida, ya no producen un excedente que vender en el mercado. El agua está contaminada, los canales de riego están encenegados, el agua de los pozos está envenenada y no es potable […] El Estado les quitó el terreno y ha construido en él un centro turístico costero o un campo de golf, o, presionado por los planes de ajuste estructural, lo ha dedicado a la exportación de más productos agrícolas […] No se habían reparado los edificios de las escuelas. Se había cerrado el ambulatorio. Los bosques –de donde la gente siempre había recogido combustible, fruta y bambú con el que reparaban sus casas—se habían convertido en zonas prohibidas, vigiladas por hombres vestidos con el uniforme de alguna compañía semimilitar privada.
La gente debe ser individualizada para la presente sociedad de consumo. Mientras consuma el producto más caro será lo óptimo: el más singular del planeta, y la propaganda va moldeando a las personas a que esa sea su aspiración, y quien no disponga de los recursos será un consumidor fallido tragado por el agujero negro de la «infraclase».
Consumo conspicuo
Ser consumidor fallido es virtuoso. A pesar de la angustia de una población que aspira consumir como los sectores más pudientes, a esto se le llama «consumo conspicuo», y dice el fotoperiodista también británico John Reader que «si todos los habitantes de la Tierra vivieran con el mismo nivel de confort que el ciudadano norteamericano medio, necesitaríamos no uno, sino tres planetas para mantenerlos.» El fotoperiodista Reader se ha quedado corto porque ahora los cálculos dicen que son cinco planetas, y no tres los necesarios.
La lógica del crecimiento económico no tiene miramientos para explotar los recursos naturales a un ritmo sin precedentes… El resultado final ya no son bosques ni árboles. Ahora solo hay astillas de madera. Tenemos el oro, pero perdimos el río, y hay una masiva pesca, pero una menguada fauna marina.
