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Israel: ¿Estupidez colectiva o agresión calculada? Una mirada desde Bonhoeffer

por Iscander Santana

abril 2, 2026
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En el corazón del caos de Medio Oriente, Israel se erige como el agresor principal de una región que lleva décadas respondiendo a su expansionismo. Desde el brutal bloqueo de Gaza hasta los ataques preventivos en Líbano, Siria e Irán, Tel Aviv ha tejido con paciencia una narrativa de «amenaza existencial» que justifica cada avance territorial y cada ley discriminatoria. Pero ¿es esto mera estrategia o el hechizo colectivo que Dietrich Bonhoeffer llamó «estupidez moral»? La reciente aprobación de la pena de muerte selectiva para palestinos y el ataque del 28 de febrero de 2026 contra Irán sugieren lo segundo: un pueblo educado, moderno, que aplaude su propia ceguera.

Bonhoeffer, el teólogo alemán ejecutado por los nazis, no hablaba de falta de inteligencia, sino de una estupidez más pérfida: la renuncia voluntaria al pensamiento crítico ante el poder, las consignas y el miedo tribal. «El poder intoxica a los estúpidos», escribió en sus Cartas y papeles de la prisión. Frente a hechos y argumentos, el estúpido no razona; obedece slogans como «estamos rodeados de enemigos». Esa obediencia colectiva hace que el mal prospere, porque la maldad abierta puede combatirse, pero la estupidez lo normaliza todo.

Miremos Israel hoy. El 29 de marzo de 2026, la Knesset aprobó una ley impulsada por la extrema derecha: pena de muerte por ahorcamiento para palestinos condenados en tribunales militares por «terrorismo letal» contra judíos en Cisjordania. Netanyahu votó sí. Ejecución en 90 días, salvo excepciones. ¿Para israelíes que maten palestinos? Nada equivalente; solo cadena perpetua opcional en casos excepcionales. Encuestas muestran que entre el 60 y el 70 por ciento del público israelí lo celebra como «justicia». El pueblo moderno de Israel —secular, tecnológico, educado— aplaude una norma racista porque el mantra de la «defensa» lo justifica todo. Los tribunales militares ya registraban un 99 por ciento de condenas para palestinos; ahora, la muerte opera como pena por defecto. Bonhoeffer lo vería con claridad: los argumentos sobre derechos humanos rebotan como pelotas contra una pared.

Y no es un caso aislado. La propaganda interna pinta a Hezbollah, Hamás y la «Resistencia del Eje» como terroristas congénitos, ignorando que surgieron como respuesta directa a invasiones israelíes: Hezbollah en 1982, contra la ocupación del Líbano; Hamás, ante el bloqueo de Gaza y los asentamientos ilegales en Cisjordania. Desde 2023, Israel ha multiplicado por diez sus ataques aéreos: más de 40.000 muertos palestinos en Gaza frente a 1.500 israelíes; invasiones al sur del Líbano; bombardeos rutinarios en Siria. Líbano, Jordania y Siria acumulan daños que no pidieron. ¿Agresores ellos? 

No: naciones que responden al país más beligerante de la región, el que usa la «seguridad» como coartada para anexar territorio bajo la doctrina del Gran Israel.

El colmo llegó el 28 de febrero de 2026, cuando Israel y Estados Unidos lanzaron un ataque masivo contra Irán —200 aviones, 500 objetivos, muerte del líder supremo Jamenei—. Ilegal bajo el artículo 2.4 de la Carta de la ONU, según juristas internacionales, la propia ONU y los países del bloque BRICS. Guterres convocó al Consejo de Seguridad en vano. Israel lo vendió como «prevención nuclear»; el resto del mundo lo llamó por su nombre: agresión, violación de soberanía. Irán respondió con misiles, pero la agresión inicial fue de Tel Aviv y Washington. El público israelí, saturado de propaganda gubernamental, lo asumió como necesario. Bonhoeffer tenía razón: «La estupidez es un peligro sociológico más que intelectual». El miedo y la lealtad tribal cerraron las mentes ante una ilegalidad que no requería interpretación.

La comparación con el nazismo duele, pero la lógica la exige: así como los alemanes «normales» aplaudieron las leyes antisemitas invocando la «supervivencia nacional», muchos israelíes justifican Gaza y la ley de la horca apelando a «amenazas existenciales». No son estúpidos en sentido clínico —son estúpidos en sentido bonhoefferiano: dóciles ante una propaganda que reduce la complejidad —ocupación crónica, ciclos de violencia, despojo sistemático— al esquema simple de «nosotros contra ellos». Protestas internas existen; B’Tselem calificó la ley de «racista». Pero la mayoría calla o aplaude. 

El poder de Netanyahu intoxica, y la estupidez colectiva permite que el mal —el expansionismo, la discriminación, la impunidad— se instale como paisaje normal.

No niego las amenazas reales: el 7 de octubre de 2023 fue una masacre horrorosa; Hezbollah lanza cohetes. Pero clasificar a Hamas y Hezbollah como «terroristas» sin contexto es borrar la historia. Occidente los etiqueta así por sus tácticas, pero desde la óptica árabe y desde el derecho internacional de los pueblos, son movimientos de resistencia que surgieron donde Israel dejó un vacío de justicia. Israel no es víctima perpetua: es un agresor serial que provoca respuestas para justificar más fuerza, más territorio, más control.

Bonhoeffer concluía que solo la libertad interior —pensar por uno mismo, contra la corriente del poder— vence la estupidez. Israel la necesita con urgencia: preguntarse si la «defensa» que mata decenas de miles y aprueba horcas selectivas es moral, o si no es más que obediencia ciega disfrazada de seguridad. El mundo, entretanto, debe presionar y no normalizar. Porque si la ceguera colectiva sigue sin costo, Medio Oriente seguirá sangrando, y nosotros, mirando.

   Zúrich, Suiza 

#Israel #Bonhoeffer #Estupidez #Palestinos #Gaza

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